martes, 5 de julio de 2011
Manejando de Caucagua a Caracas, veo a la orilla de la carretera a una mujer caminado con dos niños. No uso aire acondicionado por hábito de disfrute del paisaje, y sé que el sol afuera es abrasador. Me pide el aventón y me detengo. Se le ve mucho apuro en la cara y embarazo con los chamos.
─Señor, si usted va a Caracas, se lo agradecería un millón.
Se monta adelante y los chamos arman su barahúnda infantil en el asiento de atrás.
Rodamos y empezamos a conversar. Suelo evitar el tema político, para mantener la paz, dado que en este mundo llamado Venezuela se descubren insólitos sinsentidos, como que el ratón se come al gato y locos vuelos de dinosaurios. Millonarios chavistas, no obstante estar amenazados por el “comunismo” del “régimen”, y pobretones opositores, a ultranza en muchos casos, no obstante no tener una puya en el bolsillo, pero ─¡usted los ve!─ con modos y gestos de ricos potentados. Mundo loco.
La señora no era la excepción: un filón de oro de la incongruencia.
─¿Y qué tal, cómo le va con el Presidente? ─me dice, calentando sus motores─ ¿Ya regresaría al país?
─Creo que sí ─le sigo la corriente, sin darle mucha cuerda al punto─. Se recupera de una operación larga que le hicieron para luego seguir su trabajo normal de gobierno.
─¿Normal?... ¡Yo te aviso, chirulí! ─exclama rápidamente, casi hostil─ ¡Ese hombre está acabado, como su gobierno! ¿No lo ve usted? ¡A llorar pa’l valle!
─¿Y eso por qué lo dice, mi amiga? ─le respondo, lo más campechano posible─. Es un hombre que recibió una noticia adversa sobre su salud y acusa el golpe, como cualquier humano. Pasará la impresión...
─¡No hombre, chico, nada de eso! ─me vuelve a espetar con ojos ardientes─. Es el final del cuento. Las cosas malas casi siempre tienen un final rápido. ¿No ve usted lo que ha hecho con el país? ¡Una loquera! ¡Patas arriba lo tiene! Las cosas hay que hacerlas bien, según la ciencia y el conocimiento. ¡Ahí está el resultado de ponerse a repartir los reales entre esa cantidad de gente pata en el suelo que no sabe ni para qué es la plata! ¡Vamos a estar claros: los ricos son los que saben! Una verdadera revolución le da la plata a quien le corresponde.
─¡Caramba, mujer ─medio desarrollo─, el hombre lo que ha estado es tratando de hacer un poco de justicia social, pagando deudas históricas producto de la explotación del pasado! ¿No está de acuerdo con eso? Que el pueblo aprenda, pues; ¿no puede el que no sabe, como usted dice, tener una oportunidad?
─¡No, que va! La gente que gana la lotería y se hace rica de la noche a la mañana también de la noche a la mañana vuelve a lo mismo, a su pobreza, a comer tierra. El Presidente ha hecho cosas que no tienen ni pies ni cabeza y que debe pagar, como las paga ahora. ¡Dígame eso: cerrar RCTV, romper con los EEUU, apoyar el terrorismo!...
En este punto, confieso, tan rápidamente como los extremos molestan, ya quería yo salir de la señora y su muchachera. Estaba impresionado con las locas cosas del mundo. Y no es porque yo no tolere puntos diferentes a los míos, sino por los ni-pies ni-cabezas que oía, es decir, por lo que a mí me suena así, por las palabras acuñadas de la locura oposicionista. Pero no lo haría, no echaría al polvo de la calle, porque sería yo mismo también un extremo.
─...Fíjese: tengo un hermano que vivía en la parte alta de Petare, pero estudió y estudió y ya bajó, y ahora es abogado, viviendo en una quinta, con carro, casa y una mujer bella. Lo hizo por su cuenta, ascendió, tiene futuro... Ya puede recibir dinero para administrarlo y tener empleados en su casa. De hecho, tiene dos cachifas... Con decirle que ya puede ir a Europa, a los mejores países del mundo... Miré, no se engañe ─me dice, abriendo bastante sus ojos─, aquí donde usted me ve, estudio mercadotecnia en una de las mejores escuelas de Caracas, y le digo, desde el punto de vista de imagen, el Presidente está mal y contamina. Con decirle que sus asesores ya empezaron a despegar sus imágenes de las calles y ministerios porque el hombrecito lo que hace es espantar los votos... Tengo gente allegada que trabaja en Miraflores y me datea...
Me pareció suficiente con los clisés, con lo que tanto me molesta de la gente que argumenta a oidas, gente extrema. Y mi fantasía ─lo vuelvo a confesar─ ya la desalojaba del vehículo y me parecía mirarla de nuevo a través del retrovisor, caminando a la orilla del camino, bajo el sol... En fin, metí el acelerador para descubrir hasta dónde llegaba el empuje locuaz de aquella señora tan descalza como potentada, como suelo llamar a la gente que sigue apostando a perder con la derecha política lo que no tiene ni nunca tuvo.
─Hay mucha gente de la oposición que desea la muerte del Presidente. Usted...
─Le digo, yo no me alegro, pero me entra un fresquito!... ¡Porque debe tanto y ha hecho tanto daño!...
─Caramba, señora, qué modo de hablar ─me atrevo a atacarla por un punto aparentemente muy vulnerable─. Mire, usted tiene hijos..., ¿por que hablar de tal modo? ¿No y que lo que uno desea en mal de los demás lo paga en carne propia y en este mundo?
─¡No hombre, yo no creo en eso! Para el país es saludable que ese hombre se vaya..., a donde quiera, al cielo, a Cuba... ¡Fíjese: tener una madre tan sinvergúenza como la que tiene! Contactos me han dicho que es una rolo de loca. Y debe de serlo: porque una madre que deja que un hombre trabaje tanto por el país, sin dormir, sin cuidar su salud, debe de ser una loca. Mi madre, por ejemplo, que todavía tiene 70 años, nos hala las orejas y nos pone sobre la línea. Ella también...
Y bla, bla, bla. Después de enterarme que el Presidente de la república tenía un hermano satánico que casi lo mata por llegar al poder (según datos de Miraflores), llegué a Caracas, finalmente, con el escozor fantástico de no haber podido poner a la señora con su prole de patitas en la calle. La dejé en una estación del metro y acto seguido me puse a contemplar un rato el Waraira Repano, aunque ─lo confieso, por tercera vez─ seguí sientiendo el martilleo de la pintoresca señora:
─Es cerro El Avila, señor, no Waraira Repano. ¿Qué eso? ¡Caramba, hasta con eso el loco se metió!
Etiquetas: Hugo Chávez, Oposición política
miércoles, 6 de abril de 2011
Cuando Oswaldo Álvarez Paz dijo “Quiero ser presidente de este país”, levantando su copa hacia los micrófonos de los medios y hacia sus imaginarios electores, no se figuró el berenjenal en que se había metido. De inmediato fue refutado por la iniciativa presidencial de decenas de venezolanos de la oposición política nacional, que saltó como conejo de los rincones.
Todos parecieron reclamarle su premura, mirándole con desdén, como si hubiera cometido un acto impúdico. Uno de ellos le dijo: “Un caballero cuida sus emociones, de tal modo que la opinión pública nunca pueda señalarlo como ambicioso de poder. Debe parecer que otros (¿el pueblo?) le postulan. Eso nos afecta a todos… Además, no se puede andar tomando en público”.
Oswaldo sonrió, condescendiente con su viejo conocido, Ramón Guillermo Aveledo, quien fragua su candidatura en las sombras y espera en silencio a su duende de las postulaciones.
“Simplemente somos estilos diferentes ─pensó mientras echaba un trago─. Contrarios a mí, son perversos los pájaros de la noche que aspiran la luz del sol, o viceversa”.
Pero fue el único alegato que Oswaldo tuvo tiempo para concebir, porque desde entonces, desde que había madrugado al año 2011 con sus declaraciones, no cesaron de surgir candidatos opositores por doquier, se dirá tan numerosos como electores. Y ello le mortificó las noches y los días, porque eran amigos, viejos aliados, hasta pupilos, a los que ahora tenía que apartar del camino. El deseo de patria ─pensó─ nada tenía que ver con las amistades. Ahí estaba Chávez ─repensaba─ y se requería un palo de hombre para derrotarlo.
Se dolía mucho de que se lanzaran como en tropel hacia los micrófonos, como para dejar en claro que el país no le pertenecía, que él (Oswaldo) no era Venezuela, y que todos tenían derecho a picar el pastel. No parecían comprender ─¡infaustos!─ que el país requería unidad, abanderarse bajo su persona redentora, procedente de la nación zuliana...
De entre todos, singular consternación le causó Lorenzo Mendoza ─el dueño de la Cerveza Polar y de las bebidas espirituosas en general─. Lo había señalado con su palo de golf, allá desde el Country Club:
─Venezuela nos pertenece a la familia desde el principio, para que lo sepas. Cristóbal Mendoza, nuestro ancestro, fue su primer presidente, hizo este país, y ahora lo hacemos nosotros, dándole pan para comer y quitándole la sed con nuestros licores. Es nuestro. ¡Que no se te olvide! En vez de pedir votos, ve pensando en depositarlos en mí o te arrasaremos con mil carestías, borrachón.
Más adelante, el mismo día, tuvo también que lidiar con un trío, que, también, a la par que pena por la desunión, no dejó de reportarle un momento hosco de animadversión política. Venían trenzados en una ardorosa discusión Eduardo Fernández, alias “El Tigre”, Enrique Mendoza y César Pérez Vivas, otrora compañeros de partido. Ocupaban los tres la angosta calle del Country Club, por donde habían salido a dar una vuelta, de modo que no le dejaron más escapatoria que afrontarlos. Cuando lo vieron, exclamaron al unísono:
─¡Mira quien va, el culpable de que estemos peleando!
De inmediato lo rodearon.
─¡Coño, la cagaste con ponerte a abrir la bolsa de los vientos antes de tiempo! ─le dice Enrique─. Mira cómo andamos los viejos compañeros de partido, discutiendo y tratando prematuramente de hacerle comprender al otro que cada uno de nosotros es el mejor para contender contra el tirano. Le estoy diciendo a Eduardo, por ejemplo, que al menos nosotros tres ─en este punto Enrique se endereza y se tercia la gorra sobre su calva─ hemos sido gobernadores de Estado, mientras él no es nada ni es…
─Más que un parricida político ─completa César─. ¿Se acuerdan la puñalada trapera que le dio al padre del partido, Rafael Caldera? Yo estaba razonando, por mi parte, que ustedes dos ─señalando a Eduardo y Oswaldo a un tiempo─ son una misma mierda que no respetan a nadie, que se desaparecen de la faz de la tierra y después de siglos se aparecen con la descarada ínfula de querer ser presidente, pasando por encima de todo el mundo. Muertos políticos que creen que Venezuela es un camposanto. A leguas se les notan las costuras de la ansiedad loca de poder.
─Sí, eso podría ser verdad ─riposta El Tigre mientras se amontonaba a un lado su estrafalaria nariz─, pero nosotros al menos nunca hemos dado la impresión de marica que odia a las mujeres golpeándolas por la espalda. ¿Cómo un hombre así puede captar votos para ser presidente de nada, caramba? Lo mismo éste, que se cree el carajito eterno de la gobernación de Miranda con esa gorra ridícula sobre su cabeza, más pelada que un circunciso. Si de costuras de ansiedad de poder que se notan hablamos, ¿qué más que semejante fascista que clausuró un canal de televisión en plena cadena nacional, de paso acusado de golpista? Al menos yo no tengo ese prontuario, y digo que quien no respetó una vez un cargo no puede aspirarlo jamás.
─Sí, pero se les acusa de traidores y borrachos ─se defiende Enrique, quitándose la gorra como para trapear a El Tigre y a Oswaldo─. ¡Son unos fantasmas y arribistas!
Cuando César exclamó “¡Más mujercita será tu abuela!”, metiéndole una zancadilla a El Tigre y empujando a Enrique, Oswaldo aprovechó la ocasión para escabullirse y seguir su camino, dejando el monte encendido. Detrás oyó que le gritaron cobarde y otras burlerías más, pero ya él apresuraba el paso sobre la ruidosa hojarasca de la calle de asfalto. Aunque, al doblar la esquina, se detuvo un rato más para pensar, mientras jorungaba un hormiguero bajo la sombra de los bambúes que crecen en los alrededores.
Cuando llegó a su casa, se sentió exhausto, pensando en que eso de ser candidato de la oposición era una aventura cuesta arriba; que no necesariamente por ser el primero en manifestarle su amor al país resultaría él en ser su único amante y que, a apenas un día de su declaración, ya la cosa parecía encenderse cansonamente en debate. Al parecer el país tenía demasiadas propuestas de matrimonio, y en desconcierto. Se lo decía el día que sucedía, recién vivido, y del modo más penoso, sin esa comprensión concreta en los otros de que él era el hombre, el candidato de Venezuela. ¡Ah, Venezuela!
Mandó a la mucama a apagar todos los televisores de su casa, porque le pareció que en cada uno de ellos hablaba un candidato distinto, todos gritando cuánto querían al país y ofreciendo abnegaciones, como si fueran él. Asco sintió por momentos y, no queriendo saber más nada de política (para político él), decidió irse a la cama, no pudiendo apartar de su imaginación el agitado hormiguero que había contemplado en la tarde entre los bambúes.
Pero esa noche no pudo conciliar el sueño. Sudoroso y acezante tuvo que abrir los ojos varias veces, tentado terriblemente por echar un trago allá en el bar de la sala. En una de esas aperturas se quedó pasmado con lo que avistó en medio de la oscuridad, dándose cuenta de que en verdad dormía y soñaba, y que nunca había despertando a ratos, como se lo tenía creído. Su cama estaba rodeada por todos los candidatos a la presidencia de Venezuela imaginables, desde el flaco Henrique Capriles Radonski hasta el voluminoso Hermánn Escarrá, cada quien haciendo ostentación de un carácter mediático distintivo, como políticos aspirantes a la presidencia que eran y también como sus virtuales contendores que lo acuciaban.
Ramos Allup lo señalaba con su índice, amenazándole con contar algo que él sabía (repetía a cada rato “No me hagas hablar, pajarito”); María Corina Machado le mostraba sus rodillas; Pablo Pérez lo regañaba y le recalcaba que Rosales era el líder de la oposición en Venezuela, y que lo prefería a él como candidato; Escarrá se bamboleaba peligrosamente muy cerca de su cama, con una constitución en la mano; Antonio Ledezma le soplaba la cara con un viento frío como del norte, asegurándole que tenía el apoyo de los gringos; Julio Borges se empeñaba en taparse las cejas con una cámara fotográfica, proyectándose sobre su calvicie; Henri Falcón ─el saltador de talanqueras del oficialismo─ lo apuntaba seriamente con su garrocha; Leopoldo López le mostraba un fajo de cheques de unas petroleras, diciendo que él tenía asegurado el financiamiento para la campaña; Henrique Salas Feo le repetía insolentemente que él era un amo del valle, de origen alemán, con credenciales templadas de sabiduría; y Henrique Capriles Radonski se peleaba con López y Salas aseverándoles que el del dinero era él, porque no era de origen alemán sino judío, el oro del mundo.
Un grito en medio de la noche se escuchó y, cuando la mucama encendió la luz, encontró al dueño de la casa en la sala, brillante la frente sudada, directamente sentado sobre el frío piso, sirviéndose un güisqui sin las rocas.
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