jueves, 17 de marzo de 2011

Memorias de un artista prematuro

Dedicado a un joven llamado Julio Rivas

José del Perol Mendoza tenía asegurado por todo el cañón una carrera gloriosa en la farándula venezolana.  Sus padres, sus mecenas, constituían la garantía de ello, dado el excelente negocio de importación y exportación de alimentos que hasta hace poco regentaban en el país.

Pero, ya saben, no hay que explicarlo, como dice una horrible canción cubana, “llegó el comandante y mandó a parar”.  Es decir, arribó el comunismo al país y empezó a decirle a los miserables que también les pertenecía y que ellos tenían que ver en su mando.  De inmediato la empresa familiar empezó a tener problemas, las ganancias a mermar, los empleados a meter las narices en el saco familiar, a fiscalizar, criticar, hasta que, finalmente, aduciendo sobreprecios y ganancias apátridas, terminaron por tomarla mediante una nunca vista fórmula llamada de expropiación.

─¡Mierda!

La empresa familiar, así, dejó de funcionar, sin pena ni gloria, dejando un reguero sobre el suelo, entre ellos sus sueños.  Y no hay nada más injusto, porque sus padres eran personas honestas, viejas en el país, más patriotas que cualquiera.  Su único delito fue la astucia, requerimiento esencial en el mundo de los negocios. ¿Qué de malo tenía comprar, por ejemplo, la producción nacional de café y vendérsela digamos a Colombia para desde allá, a través de otra empresa de la familia, volvérsela a vender al país, empaquetada como producto de importación?

─¡Remierda! ─exclamaba muchas veces, mientras fumaba un cigarrillo frente a la televisión─.  Peor era la basura esa de Zuluaga, que dijo públicamente la estupidez sobre especular pero y que dando empleo y todavía tiene su negocio de carros y televisión sin problemas. No es justo.

Claro que al principio sus padres ─como todos─ querían que fuese a la universidad y se hiciera una carrera para entrar en el mundo de los negocios, mejor si familiares.  Se matriculó e hizo los primeros semestres, pero más se dedicó a viajar fuera de Venezuela, a las grandes capitales llena de historia y luz de Europa y los EEUU, donde se cocina el progreso del mundo.

”¡Ah, Paris, Londres!  ¡Ah, América, que divina eres América! ─se arrobaba, pensando─.  ¡Dígame Hollywood, sueño amado!”

Y cuando sus padres lo vieron tarareando varios idiomas, bajo un acento de insospechada refinación y melodramatismo, se convencieron de que el retoño tenía futuro, sí futuro en la actuación.  Entonces ellos también enloquecieron y empezaron gastar en su educación, a perfilarlo como estrella, a pagarle cursos, viajes, teatros, dicciones, escuelas de ademanes y muecas.  Pero, ¡plum! ─como se dijo─, la empresa familiar se cayó y el cielo se vino a pique.  Del dinero lo que quedo fue el sueño para construir futuros.  Y pensar que a punto estaba de matricularse en una codiciada academia de actuación en los EEUU.

─¡Yo soy una persona de pantallas! ─exclamó de pronto José del Perol Mendoza, furibundo, levantándose para ir a la ventana como en busca de aire─.  Amo el cine, la TV, el arte...  ¡La actuación es mi vida, no este maldito parque Los Caobos que veo todos los días!

La familia había cerrado las empresas aparatosamente y del pasado lo que quedaba ─como se acaba de decir─ era el presente con unas cuantas propiedades puestas en venta.  Sus padres habían desmejorado en casi todos los aspectos, decayendo del mundo social donde anidaban, perdiendo ─lo primero─ hasta el glamour.  Su madre se preocupaba apenas por su vestimenta y su padre se había convertido en un cascarrabias profesional que, por andar siempre trenzándose en discusiones políticas, ya ni se aseaba personalmente.  El tuvo que regresar a sus estudios, a continuar con su carrera de Derecho en la Universidad Santa María.

─¡Pero que mierda de vida! ─volvía a exclamar, pensando en sus escasas posibilidades dramáticas en un país donde se cierran medios de comunicación y se mata el germen redentor de los artistas─  ¡Ay, Radio Caracas Televisión, qué buenas fueron tus novelas!  ¿Dónde podré trabajar en este país de tristezas?

José del Perol Mendoza iba y venía, mascullando infiernos, mirando alternativamente  los Caobos y la televisión, que permanecía encendida como decorando fracasos.  Odiaba, ¡ahora sí!, tener que estudiar tan horrible carrera de leyes, rodeado por gentes de tan poca calidad social y caché, por más dinero que tuvieran algunos.  Y lo que era peor:  precisado a buscarse una beca, como le aconsejaba su dulce madre.

De repente José del Perol Mendoza lo vio, clarito como una revelación.  Es decir, lo estaba viendo desde hace rato y no caía en la cuenta por estar con su caminadera de allá para acá y de acá hacia allá, allá, donde estaba la ventana y el maldito parque de mugrosidades.  Allí estaba su salvación, o por lo menos lo más cercano a algo parecido a su sueño de ser protagonista, centro de la atención de las pantallas de televisión y (¿por qué no?)  del cine mismo.

Todos los canales se peleaban por mostrar a unos jóvenes estudiantes en huelga de hambre en un lugar cualquiera (¿qué importa?), acostados sobre una mantas en la vía pública con caras de mucho sufrimiento y patriotismo.  José del Perol Mendoza se detuvo ipso facto.  Su salvación estaba frente a sus ojos y no la veía, y, ¡bendito sea!, procedía de la misma fuente de sus ansias, sueños y pesadillas, desde hace rato.  ¡La TV, la TV!  ¿Cómo no se le había ocurrido?  Actuaría, declamaría, declararía, imitaría el sufrimiento hasta del mismo Señor en la cruz, pero actuando, trabajando en lo suyo.  ¡Y lo haría magníficamente bien, estaba seguro, y, de paso, con reconocimientos públicos y, ¿quien dice que no?, hasta contratos, quizás una oferta, una carrera, cualquier cosa para salir del anonimato!  Apenas había que interpretar un poco de vida y mucho de hambre y patriotismo.  ¡Estaba hecho!

José del Perol Mendoza por fin sonrió, transformando su rostro con dramatismo, como si la expresión anterior la hubiera acomodado dentro de un portafolios.  Apagó la TV, cerró la ventana, antes mirando con desprecio hacia su exterior.  No cabía en su habitación de puro contento, de donde salió como disparado hacia el lugar de la huelga, a la que se uniría, ¡no hombre, sin dudarlo!  No le paró a un vecino que se consiguió en las escaleras.

─¡Soy una persona de los medios! ─gritaba feliz, como loco, mientras bajaba─.  ¡Soy un artista, la pura pantalla, de pantalla soy!

miércoles, 2 de marzo de 2011

Oswaldo Álvarez Paz, presidente

Oswaldo Álvarez Paz tomaba un güisqui en las rocas.  Mientras puyaba el hielo dentro del vaso, recordaba viejas glorias, extendiendo la mirada hasta el jolgorio de luces sobre la ciudad, allá a lo lejos.

Se había procurado un rincón privado, tal vez para meditar, quizás para anotar algún pensamiento, lo más acogedor posible, desde lo alto de las faldas del Ávila, de modo que con la vista pudiese dominar la olla de la otrora Sucursal del Cielo.

No esperaba que nadie lo molestase y así se lo había hecho saber al encargado del negocio.  Ya se sabe...: una figura pública como él, un político tan connotado, era como un artista, sin gran anonimato.

A través de los cristales, miraba los cubículos contiguos del balcón donde estaba y se reconfortaba:  todos solos, así como solo él en el suyo.  Sin duda, era un momento especial para hablar con el espíritu, oyendo nomás el aletear de la vegetación montañosa empujada por el viento frío caraqueño.  Entonces se permitió humedecer sus ojos, melancólico.

Tomó una servilleta y esgrimió su bolígrafo de oro.  Escribió lo siguiente con parsimonia, profundizando el trazo de las letras:  “Quiero ser presidente de este país”.  Luego dejó caer el lápiz, casi con desdén, dedicándole una prolongada mirada al papel, desde unos ojos como de pescado.

El frío y el desacostumbrado viento de estos días locos del clima que aquejan al mundo entero lo trajeron de regreso a su mesa, a la calurosa compañía de su güisqui frío.  Con un gesto apasionado, mientras ladeaba la cabeza con cadencia, Oswaldo apretó sus ojos, como si hubiera querido exprimir (y suprimir) cualquier desventura.

Al rato se levantó y fue por su sobretodo en la percha.  Y se lo puso, sintiendo la renovada energía que insufla siempre el vestirse para emprender una diligencia.  Luego tomó el vaso de güisqui y lo envolvió muy prolijamente con la servilleta, para, finalmente, dirigirse hacia el balcón, mientras parecía ensayar unos gestos.

Allí lo esperaban, por un lado, la fría y oscureciente vegetación del Ávila, más el silencio, y, por el otro, las luces a lo lejos de la ciudad de Caracas, refulgentes ellas, titilantes en miríadas, como una majestuosa plaga de insectos.  Ante sus ojos maravillados ─ahora expresivos y muy redondos─, aquellos milagrosos cocuyos no tardaron en convertirse en millones de personas que habían venido para aclamarlo, estruendosamente. Sus ojos brillaron; levantó los brazos, saludó y brindó por ello.