martes, 14 de febrero de 2012
El reportero ronda dentro de las instalaciones del Metro de Caracas, estación Capitolio. Es tarde avanzada, muy próxima a la hora pico.
Su misión es pescar algún desafuero que impacte al país desde las gradas del diario para el cual trabaja. Le habían dicho “Trae una cabilla, una viñeta de la cotidianidad” y él se empeñó en llevar la noticia del día, ahíto como está de gloria laboral y de la ansiedad por complacer a sus superiores, aunque, fuera de ello, le aquejen otras aspiraciones Esta vez, por lo rápido, escogió el metro.
Tiene una familia que mantener y a nadie podrá negar que requiere el dinero y un cargo mejor cotizado en su trabajo. Un ascenso le sonaría a gloria en su cabeza y arrancaría sonrisas de mil orgullos en el adorable rostro de su esposa. Acompañado por “Casco”, su asistente y fotógrafo, otean el aire enrarecido del metro, acechando ─se dirá─ el pan duro de cada día.
Pero nada ocurre. En el aire flota el nervio y el olor a vinagre de la gente trabajadora que, como manadas, abordan el subterráneo, rumbo a sus casas. Mira la hora: 5:00 de la tarde y dos horas ya de infructuosa faena, esperando. Fastidiado, mira como Casco (fastidiado también) hace cabriolas para combatir la falta de creatividad del azar o destino: se casca los dientes, bosteza ruidosamente, se fotografía la lengua, se tapa la nariz, piropea a una transeúnte; lo mira moverse de un lugar a otro, haciendo la graciosa finta de buscar la noticia con lupa; lo oye contar los vagones del tren que, inmisericordemente, se hunden en la boca de túnel sin soltar prenda noticiosa.
Hasta que lo oye exclamar:
─¡Papá, yo también necesito los cobres y en esta vaina no ocurre nada! ¡Quién lo diría: un metro que se jode a diario y hoy, que nos mandan por un espectáculo, se antoja de ser perfecto! ¡No joda! ¿Y el tiempo qué, no vale nada?
El reportero se sonríe, haciéndole un gesto aplacador con la mano. Más allá del fastidio expresado por la gestualidad de su cuerpo, su mohín oculta desesperación: había discutido en casa y se había propuesto, efectistamente, llegar antes que su mujer para terminar de zanjar el problema. ¡Hoy que precisamente el metro parecía funcionar de perlas! ¡Coraje! No conoce las razones de Casco, pero se las da apriorísticamente y lo apoya en sus locas figuras de impaciencia.
De pronto su corazón salta: una barahúnda por allá, hacia el andén con su raya amarilla, parece prometer un asalto, una probable discusión, una posible trifulca. Nota como las orejas de Casco parecen erizarse, despabilando el sueño, llevándose las manos al cinto para disparar su arma fotográfica. Al unísono que le llegan los gritos de la escena, las palabras “inseguridad”, “peligro”, “terrorismo”, “país inestable”, golpean las teclas de su maquinaria de escribir cerebral. Pero comprueba, descorazonadamente, que se trató de una chanza protagonizada por un grupo de jóvenes estudiantes.
Casco lo mira y echa su rostro hacia atrás, en medio de una seráfica protesta.
─¡No, vale, de paso la vida nos gasta estas bromas!
Su jefe editor le había dicho:
“─Mira, el país esta muy tranquilo últimamente. No te mando a la calle para que la alborotes, precisamente, ¡por dios!, ¿quién dice eso?, pero, hijo, tráeme el caos para acá. Con sueño no se vende nada y con paz se afianza cada vez más este gobierno de mierda. ¡Dale!
─Pero ¿y si no hay nada, jefe? ─se atrevió a argumentar─; acuérdese de lo que le dije, que le iba a pedir el día...
─¡Epa, muchachón! ─le cortó el jefe─: ¡Habrá! ¡Ve y tráeme!”.
Y así fue cómo lo había despedido de su oficina el señor “General”, como le dicen. Y ahora anda con que en corto tiempo debe laborar, pescar la gran noticia, ascender y hacer las paces con su esposa.
El metro sigue desplazándose con su bronca calma, como lo que es en el momento, una larga cadena de vagones en orden, aunque atestada de gente. Los usuarios trajinan por doquier, haciendo colas para las puertas, abarrotando el andén, topándose los unos con los otros, pero sin novedad, hasta ordenadamente, puede decirse, en la medida de lo posible en hora tan ajetreada y de tensión. Un colmo.
Como si conspirasen contra él, los caraqueños se antojaron de ser cívicos hoy, haciendo la cola, dando y pidiendo el paso, diciendo “perdón” a cada trecho, sin delincuencia o robo, golpizas o rebatiñas, como es la consuetudinaria costumbre, caramba, como si lo quisieran dejar sin empleo.
Hasta que de pronto descubre que el payaso de Casco no está cerca de él, haciendo sus monerías como siempre. Alza la vista y lo escruta entre la marea humana, buscando su cabeza precisamente en forma de casco. Maldice y se dice que es lo único que le falta: que ocurra el hecho noticioso tan esperado en ese momento y el hijo de puta de Casco ande soltándose un pedo en un rincón o baño sin haberle avisado. Porque así es el destino de traicionero, hermano del azar maldito: no estás y viene, está pero tú te vas.
Afina su vista y lo descubre a lo lejos, haciéndole discretas señas para llamar su atención, aparentemente desde hace rato. Dando brinquitos casi imperceptibles, pero payasescamente para él, el reportero, que lo conoce tan bien; confundido con la marejada humana en virtud de su aspecto plebeyo… ¡Casco, Casco, Casco!
Lo mira y no lo puede creer. Está detrás de una señora de contextura fofa y fisonomía simple, justo al borde del andén, a orilla de los rieles. Con sus manos, ofrece lanzarla, sonriendo canallescamente, pero mirándolo con insistencia, señalándole el ruido del tren que se aproxima por los túneles, atrapado en medio de la locura del gentío, pero sugiriéndole también inocuidad en medio de la eventual confusión del lanzamiento.
El reportero le sonríe el chiste y lanza una maldición, llamándolo con ademanes. Pero Casco lo mira con más insistencia aun, conminándolo, indicándole que se acerca el tren. El reportero no lo puede creer, comprende que hay una loca resolución en su compañero y se paraliza, perdiéndose durante un momento dentro de sí, en su personal mundo interior compuesto por su mujer, su jefe, su trabajo, el ascenso, el dinero y también por su descerebrado asistente.
Mira la hora y continúa ensimismado; hasta que la turbia corriente de aire empujada por el tren desde los túneles le da en el rostro y lo despierta, devolviéndolo al metro, al presente, de cara al andén, chocando nuevamente con la mirada urgente de Casco, que lo acucia ahora en medio de convulsos tics. Y ocurre el hecho tan esperado: se puede decir que su cabeza es movida accidentalmente ─tan fuerte es la corriente de aire─, positivamente confirmadora para Casco.
Etiquetas: Oposición política, Periodismo
martes, 5 de julio de 2011
Manejando de Caucagua a Caracas, veo a la orilla de la carretera a una mujer caminado con dos niños. No uso aire acondicionado por hábito de disfrute del paisaje, y sé que el sol afuera es abrasador. Me pide el aventón y me detengo. Se le ve mucho apuro en la cara y embarazo con los chamos.
─Señor, si usted va a Caracas, se lo agradecería un millón.
Se monta adelante y los chamos arman su barahúnda infantil en el asiento de atrás.
Rodamos y empezamos a conversar. Suelo evitar el tema político, para mantener la paz, dado que en este mundo llamado Venezuela se descubren insólitos sinsentidos, como que el ratón se come al gato y locos vuelos de dinosaurios. Millonarios chavistas, no obstante estar amenazados por el “comunismo” del “régimen”, y pobretones opositores, a ultranza en muchos casos, no obstante no tener una puya en el bolsillo, pero ─¡usted los ve!─ con modos y gestos de ricos potentados. Mundo loco.
La señora no era la excepción: un filón de oro de la incongruencia.
─¿Y qué tal, cómo le va con el Presidente? ─me dice, calentando sus motores─ ¿Ya regresaría al país?
─Creo que sí ─le sigo la corriente, sin darle mucha cuerda al punto─. Se recupera de una operación larga que le hicieron para luego seguir su trabajo normal de gobierno.
─¿Normal?... ¡Yo te aviso, chirulí! ─exclama rápidamente, casi hostil─ ¡Ese hombre está acabado, como su gobierno! ¿No lo ve usted? ¡A llorar pa’l valle!
─¿Y eso por qué lo dice, mi amiga? ─le respondo, lo más campechano posible─. Es un hombre que recibió una noticia adversa sobre su salud y acusa el golpe, como cualquier humano. Pasará la impresión...
─¡No hombre, chico, nada de eso! ─me vuelve a espetar con ojos ardientes─. Es el final del cuento. Las cosas malas casi siempre tienen un final rápido. ¿No ve usted lo que ha hecho con el país? ¡Una loquera! ¡Patas arriba lo tiene! Las cosas hay que hacerlas bien, según la ciencia y el conocimiento. ¡Ahí está el resultado de ponerse a repartir los reales entre esa cantidad de gente pata en el suelo que no sabe ni para qué es la plata! ¡Vamos a estar claros: los ricos son los que saben! Una verdadera revolución le da la plata a quien le corresponde.
─¡Caramba, mujer ─medio desarrollo─, el hombre lo que ha estado es tratando de hacer un poco de justicia social, pagando deudas históricas producto de la explotación del pasado! ¿No está de acuerdo con eso? Que el pueblo aprenda, pues; ¿no puede el que no sabe, como usted dice, tener una oportunidad?
─¡No, que va! La gente que gana la lotería y se hace rica de la noche a la mañana también de la noche a la mañana vuelve a lo mismo, a su pobreza, a comer tierra. El Presidente ha hecho cosas que no tienen ni pies ni cabeza y que debe pagar, como las paga ahora. ¡Dígame eso: cerrar RCTV, romper con los EEUU, apoyar el terrorismo!...
En este punto, confieso, tan rápidamente como los extremos molestan, ya quería yo salir de la señora y su muchachera. Estaba impresionado con las locas cosas del mundo. Y no es porque yo no tolere puntos diferentes a los míos, sino por los ni-pies ni-cabezas que oía, es decir, por lo que a mí me suena así, por las palabras acuñadas de la locura oposicionista. Pero no lo haría, no echaría al polvo de la calle, porque sería yo mismo también un extremo.
─...Fíjese: tengo un hermano que vivía en la parte alta de Petare, pero estudió y estudió y ya bajó, y ahora es abogado, viviendo en una quinta, con carro, casa y una mujer bella. Lo hizo por su cuenta, ascendió, tiene futuro... Ya puede recibir dinero para administrarlo y tener empleados en su casa. De hecho, tiene dos cachifas... Con decirle que ya puede ir a Europa, a los mejores países del mundo... Miré, no se engañe ─me dice, abriendo bastante sus ojos─, aquí donde usted me ve, estudio mercadotecnia en una de las mejores escuelas de Caracas, y le digo, desde el punto de vista de imagen, el Presidente está mal y contamina. Con decirle que sus asesores ya empezaron a despegar sus imágenes de las calles y ministerios porque el hombrecito lo que hace es espantar los votos... Tengo gente allegada que trabaja en Miraflores y me datea...
Me pareció suficiente con los clisés, con lo que tanto me molesta de la gente que argumenta a oidas, gente extrema. Y mi fantasía ─lo vuelvo a confesar─ ya la desalojaba del vehículo y me parecía mirarla de nuevo a través del retrovisor, caminando a la orilla del camino, bajo el sol... En fin, metí el acelerador para descubrir hasta dónde llegaba el empuje locuaz de aquella señora tan descalza como potentada, como suelo llamar a la gente que sigue apostando a perder con la derecha política lo que no tiene ni nunca tuvo.
─Hay mucha gente de la oposición que desea la muerte del Presidente. Usted...
─Le digo, yo no me alegro, pero me entra un fresquito!... ¡Porque debe tanto y ha hecho tanto daño!...
─Caramba, señora, qué modo de hablar ─me atrevo a atacarla por un punto aparentemente muy vulnerable─. Mire, usted tiene hijos..., ¿por que hablar de tal modo? ¿No y que lo que uno desea en mal de los demás lo paga en carne propia y en este mundo?
─¡No hombre, yo no creo en eso! Para el país es saludable que ese hombre se vaya..., a donde quiera, al cielo, a Cuba... ¡Fíjese: tener una madre tan sinvergúenza como la que tiene! Contactos me han dicho que es una rolo de loca. Y debe de serlo: porque una madre que deja que un hombre trabaje tanto por el país, sin dormir, sin cuidar su salud, debe de ser una loca. Mi madre, por ejemplo, que todavía tiene 70 años, nos hala las orejas y nos pone sobre la línea. Ella también...
Y bla, bla, bla. Después de enterarme que el Presidente de la república tenía un hermano satánico que casi lo mata por llegar al poder (según datos de Miraflores), llegué a Caracas, finalmente, con el escozor fantástico de no haber podido poner a la señora con su prole de patitas en la calle. La dejé en una estación del metro y acto seguido me puse a contemplar un rato el Waraira Repano, aunque ─lo confieso, por tercera vez─ seguí sientiendo el martilleo de la pintoresca señora:
─Es cerro El Avila, señor, no Waraira Repano. ¿Qué eso? ¡Caramba, hasta con eso el loco se metió!
Etiquetas: Hugo Chávez, Oposición política
