martes, 14 de febrero de 2012
El reportero ronda dentro de las instalaciones del Metro de Caracas, estación Capitolio. Es tarde avanzada, muy próxima a la hora pico.
Su misión es pescar algún desafuero que impacte al país desde las gradas del diario para el cual trabaja. Le habían dicho “Trae una cabilla, una viñeta de la cotidianidad” y él se empeñó en llevar la noticia del día, ahíto como está de gloria laboral y de la ansiedad por complacer a sus superiores, aunque, fuera de ello, le aquejen otras aspiraciones Esta vez, por lo rápido, escogió el metro.
Tiene una familia que mantener y a nadie podrá negar que requiere el dinero y un cargo mejor cotizado en su trabajo. Un ascenso le sonaría a gloria en su cabeza y arrancaría sonrisas de mil orgullos en el adorable rostro de su esposa. Acompañado por “Casco”, su asistente y fotógrafo, otean el aire enrarecido del metro, acechando ─se dirá─ el pan duro de cada día.
Pero nada ocurre. En el aire flota el nervio y el olor a vinagre de la gente trabajadora que, como manadas, abordan el subterráneo, rumbo a sus casas. Mira la hora: 5:00 de la tarde y dos horas ya de infructuosa faena, esperando. Fastidiado, mira como Casco (fastidiado también) hace cabriolas para combatir la falta de creatividad del azar o destino: se casca los dientes, bosteza ruidosamente, se fotografía la lengua, se tapa la nariz, piropea a una transeúnte; lo mira moverse de un lugar a otro, haciendo la graciosa finta de buscar la noticia con lupa; lo oye contar los vagones del tren que, inmisericordemente, se hunden en la boca de túnel sin soltar prenda noticiosa.
Hasta que lo oye exclamar:
─¡Papá, yo también necesito los cobres y en esta vaina no ocurre nada! ¡Quién lo diría: un metro que se jode a diario y hoy, que nos mandan por un espectáculo, se antoja de ser perfecto! ¡No joda! ¿Y el tiempo qué, no vale nada?
El reportero se sonríe, haciéndole un gesto aplacador con la mano. Más allá del fastidio expresado por la gestualidad de su cuerpo, su mohín oculta desesperación: había discutido en casa y se había propuesto, efectistamente, llegar antes que su mujer para terminar de zanjar el problema. ¡Hoy que precisamente el metro parecía funcionar de perlas! ¡Coraje! No conoce las razones de Casco, pero se las da apriorísticamente y lo apoya en sus locas figuras de impaciencia.
De pronto su corazón salta: una barahúnda por allá, hacia el andén con su raya amarilla, parece prometer un asalto, una probable discusión, una posible trifulca. Nota como las orejas de Casco parecen erizarse, despabilando el sueño, llevándose las manos al cinto para disparar su arma fotográfica. Al unísono que le llegan los gritos de la escena, las palabras “inseguridad”, “peligro”, “terrorismo”, “país inestable”, golpean las teclas de su maquinaria de escribir cerebral. Pero comprueba, descorazonadamente, que se trató de una chanza protagonizada por un grupo de jóvenes estudiantes.
Casco lo mira y echa su rostro hacia atrás, en medio de una seráfica protesta.
─¡No, vale, de paso la vida nos gasta estas bromas!
Su jefe editor le había dicho:
“─Mira, el país esta muy tranquilo últimamente. No te mando a la calle para que la alborotes, precisamente, ¡por dios!, ¿quién dice eso?, pero, hijo, tráeme el caos para acá. Con sueño no se vende nada y con paz se afianza cada vez más este gobierno de mierda. ¡Dale!
─Pero ¿y si no hay nada, jefe? ─se atrevió a argumentar─; acuérdese de lo que le dije, que le iba a pedir el día...
─¡Epa, muchachón! ─le cortó el jefe─: ¡Habrá! ¡Ve y tráeme!”.
Y así fue cómo lo había despedido de su oficina el señor “General”, como le dicen. Y ahora anda con que en corto tiempo debe laborar, pescar la gran noticia, ascender y hacer las paces con su esposa.
El metro sigue desplazándose con su bronca calma, como lo que es en el momento, una larga cadena de vagones en orden, aunque atestada de gente. Los usuarios trajinan por doquier, haciendo colas para las puertas, abarrotando el andén, topándose los unos con los otros, pero sin novedad, hasta ordenadamente, puede decirse, en la medida de lo posible en hora tan ajetreada y de tensión. Un colmo.
Como si conspirasen contra él, los caraqueños se antojaron de ser cívicos hoy, haciendo la cola, dando y pidiendo el paso, diciendo “perdón” a cada trecho, sin delincuencia o robo, golpizas o rebatiñas, como es la consuetudinaria costumbre, caramba, como si lo quisieran dejar sin empleo.
Hasta que de pronto descubre que el payaso de Casco no está cerca de él, haciendo sus monerías como siempre. Alza la vista y lo escruta entre la marea humana, buscando su cabeza precisamente en forma de casco. Maldice y se dice que es lo único que le falta: que ocurra el hecho noticioso tan esperado en ese momento y el hijo de puta de Casco ande soltándose un pedo en un rincón o baño sin haberle avisado. Porque así es el destino de traicionero, hermano del azar maldito: no estás y viene, está pero tú te vas.
Afina su vista y lo descubre a lo lejos, haciéndole discretas señas para llamar su atención, aparentemente desde hace rato. Dando brinquitos casi imperceptibles, pero payasescamente para él, el reportero, que lo conoce tan bien; confundido con la marejada humana en virtud de su aspecto plebeyo… ¡Casco, Casco, Casco!
Lo mira y no lo puede creer. Está detrás de una señora de contextura fofa y fisonomía simple, justo al borde del andén, a orilla de los rieles. Con sus manos, ofrece lanzarla, sonriendo canallescamente, pero mirándolo con insistencia, señalándole el ruido del tren que se aproxima por los túneles, atrapado en medio de la locura del gentío, pero sugiriéndole también inocuidad en medio de la eventual confusión del lanzamiento.
El reportero le sonríe el chiste y lanza una maldición, llamándolo con ademanes. Pero Casco lo mira con más insistencia aun, conminándolo, indicándole que se acerca el tren. El reportero no lo puede creer, comprende que hay una loca resolución en su compañero y se paraliza, perdiéndose durante un momento dentro de sí, en su personal mundo interior compuesto por su mujer, su jefe, su trabajo, el ascenso, el dinero y también por su descerebrado asistente.
Mira la hora y continúa ensimismado; hasta que la turbia corriente de aire empujada por el tren desde los túneles le da en el rostro y lo despierta, devolviéndolo al metro, al presente, de cara al andén, chocando nuevamente con la mirada urgente de Casco, que lo acucia ahora en medio de convulsos tics. Y ocurre el hecho tan esperado: se puede decir que su cabeza es movida accidentalmente ─tan fuerte es la corriente de aire─, positivamente confirmadora para Casco.
Etiquetas: Oposición política, Periodismo
martes, 5 de julio de 2011
Manejando de Caucagua a Caracas, veo a la orilla de la carretera a una mujer caminado con dos niños. No uso aire acondicionado por hábito de disfrute del paisaje, y sé que el sol afuera es abrasador. Me pide el aventón y me detengo. Se le ve mucho apuro en la cara y embarazo con los chamos.
─Señor, si usted va a Caracas, se lo agradecería un millón.
Se monta adelante y los chamos arman su barahúnda infantil en el asiento de atrás.
Rodamos y empezamos a conversar. Suelo evitar el tema político, para mantener la paz, dado que en este mundo llamado Venezuela se descubren insólitos sinsentidos, como que el ratón se come al gato y locos vuelos de dinosaurios. Millonarios chavistas, no obstante estar amenazados por el “comunismo” del “régimen”, y pobretones opositores, a ultranza en muchos casos, no obstante no tener una puya en el bolsillo, pero ─¡usted los ve!─ con modos y gestos de ricos potentados. Mundo loco.
La señora no era la excepción: un filón de oro de la incongruencia.
─¿Y qué tal, cómo le va con el Presidente? ─me dice, calentando sus motores─ ¿Ya regresaría al país?
─Creo que sí ─le sigo la corriente, sin darle mucha cuerda al punto─. Se recupera de una operación larga que le hicieron para luego seguir su trabajo normal de gobierno.
─¿Normal?... ¡Yo te aviso, chirulí! ─exclama rápidamente, casi hostil─ ¡Ese hombre está acabado, como su gobierno! ¿No lo ve usted? ¡A llorar pa’l valle!
─¿Y eso por qué lo dice, mi amiga? ─le respondo, lo más campechano posible─. Es un hombre que recibió una noticia adversa sobre su salud y acusa el golpe, como cualquier humano. Pasará la impresión...
─¡No hombre, chico, nada de eso! ─me vuelve a espetar con ojos ardientes─. Es el final del cuento. Las cosas malas casi siempre tienen un final rápido. ¿No ve usted lo que ha hecho con el país? ¡Una loquera! ¡Patas arriba lo tiene! Las cosas hay que hacerlas bien, según la ciencia y el conocimiento. ¡Ahí está el resultado de ponerse a repartir los reales entre esa cantidad de gente pata en el suelo que no sabe ni para qué es la plata! ¡Vamos a estar claros: los ricos son los que saben! Una verdadera revolución le da la plata a quien le corresponde.
─¡Caramba, mujer ─medio desarrollo─, el hombre lo que ha estado es tratando de hacer un poco de justicia social, pagando deudas históricas producto de la explotación del pasado! ¿No está de acuerdo con eso? Que el pueblo aprenda, pues; ¿no puede el que no sabe, como usted dice, tener una oportunidad?
─¡No, que va! La gente que gana la lotería y se hace rica de la noche a la mañana también de la noche a la mañana vuelve a lo mismo, a su pobreza, a comer tierra. El Presidente ha hecho cosas que no tienen ni pies ni cabeza y que debe pagar, como las paga ahora. ¡Dígame eso: cerrar RCTV, romper con los EEUU, apoyar el terrorismo!...
En este punto, confieso, tan rápidamente como los extremos molestan, ya quería yo salir de la señora y su muchachera. Estaba impresionado con las locas cosas del mundo. Y no es porque yo no tolere puntos diferentes a los míos, sino por los ni-pies ni-cabezas que oía, es decir, por lo que a mí me suena así, por las palabras acuñadas de la locura oposicionista. Pero no lo haría, no echaría al polvo de la calle, porque sería yo mismo también un extremo.
─...Fíjese: tengo un hermano que vivía en la parte alta de Petare, pero estudió y estudió y ya bajó, y ahora es abogado, viviendo en una quinta, con carro, casa y una mujer bella. Lo hizo por su cuenta, ascendió, tiene futuro... Ya puede recibir dinero para administrarlo y tener empleados en su casa. De hecho, tiene dos cachifas... Con decirle que ya puede ir a Europa, a los mejores países del mundo... Miré, no se engañe ─me dice, abriendo bastante sus ojos─, aquí donde usted me ve, estudio mercadotecnia en una de las mejores escuelas de Caracas, y le digo, desde el punto de vista de imagen, el Presidente está mal y contamina. Con decirle que sus asesores ya empezaron a despegar sus imágenes de las calles y ministerios porque el hombrecito lo que hace es espantar los votos... Tengo gente allegada que trabaja en Miraflores y me datea...
Me pareció suficiente con los clisés, con lo que tanto me molesta de la gente que argumenta a oidas, gente extrema. Y mi fantasía ─lo vuelvo a confesar─ ya la desalojaba del vehículo y me parecía mirarla de nuevo a través del retrovisor, caminando a la orilla del camino, bajo el sol... En fin, metí el acelerador para descubrir hasta dónde llegaba el empuje locuaz de aquella señora tan descalza como potentada, como suelo llamar a la gente que sigue apostando a perder con la derecha política lo que no tiene ni nunca tuvo.
─Hay mucha gente de la oposición que desea la muerte del Presidente. Usted...
─Le digo, yo no me alegro, pero me entra un fresquito!... ¡Porque debe tanto y ha hecho tanto daño!...
─Caramba, señora, qué modo de hablar ─me atrevo a atacarla por un punto aparentemente muy vulnerable─. Mire, usted tiene hijos..., ¿por que hablar de tal modo? ¿No y que lo que uno desea en mal de los demás lo paga en carne propia y en este mundo?
─¡No hombre, yo no creo en eso! Para el país es saludable que ese hombre se vaya..., a donde quiera, al cielo, a Cuba... ¡Fíjese: tener una madre tan sinvergúenza como la que tiene! Contactos me han dicho que es una rolo de loca. Y debe de serlo: porque una madre que deja que un hombre trabaje tanto por el país, sin dormir, sin cuidar su salud, debe de ser una loca. Mi madre, por ejemplo, que todavía tiene 70 años, nos hala las orejas y nos pone sobre la línea. Ella también...
Y bla, bla, bla. Después de enterarme que el Presidente de la república tenía un hermano satánico que casi lo mata por llegar al poder (según datos de Miraflores), llegué a Caracas, finalmente, con el escozor fantástico de no haber podido poner a la señora con su prole de patitas en la calle. La dejé en una estación del metro y acto seguido me puse a contemplar un rato el Waraira Repano, aunque ─lo confieso, por tercera vez─ seguí sientiendo el martilleo de la pintoresca señora:
─Es cerro El Avila, señor, no Waraira Repano. ¿Qué eso? ¡Caramba, hasta con eso el loco se metió!
Etiquetas: Hugo Chávez, Oposición política
miércoles, 6 de abril de 2011
Cuando Oswaldo Álvarez Paz dijo “Quiero ser presidente de este país”, levantando su copa hacia los micrófonos de los medios y hacia sus imaginarios electores, no se figuró el berenjenal en que se había metido. De inmediato fue refutado por la iniciativa presidencial de decenas de venezolanos de la oposición política nacional, que saltó como conejo de los rincones.
Todos parecieron reclamarle su premura, mirándole con desdén, como si hubiera cometido un acto impúdico. Uno de ellos le dijo: “Un caballero cuida sus emociones, de tal modo que la opinión pública nunca pueda señalarlo como ambicioso de poder. Debe parecer que otros (¿el pueblo?) le postulan. Eso nos afecta a todos… Además, no se puede andar tomando en público”.
Oswaldo sonrió, condescendiente con su viejo conocido, Ramón Guillermo Aveledo, quien fragua su candidatura en las sombras y espera en silencio a su duende de las postulaciones.
“Simplemente somos estilos diferentes ─pensó mientras echaba un trago─. Contrarios a mí, son perversos los pájaros de la noche que aspiran la luz del sol, o viceversa”.
Pero fue el único alegato que Oswaldo tuvo tiempo para concebir, porque desde entonces, desde que había madrugado al año 2011 con sus declaraciones, no cesaron de surgir candidatos opositores por doquier, se dirá tan numerosos como electores. Y ello le mortificó las noches y los días, porque eran amigos, viejos aliados, hasta pupilos, a los que ahora tenía que apartar del camino. El deseo de patria ─pensó─ nada tenía que ver con las amistades. Ahí estaba Chávez ─repensaba─ y se requería un palo de hombre para derrotarlo.
Se dolía mucho de que se lanzaran como en tropel hacia los micrófonos, como para dejar en claro que el país no le pertenecía, que él (Oswaldo) no era Venezuela, y que todos tenían derecho a picar el pastel. No parecían comprender ─¡infaustos!─ que el país requería unidad, abanderarse bajo su persona redentora, procedente de la nación zuliana...
De entre todos, singular consternación le causó Lorenzo Mendoza ─el dueño de la Cerveza Polar y de las bebidas espirituosas en general─. Lo había señalado con su palo de golf, allá desde el Country Club:
─Venezuela nos pertenece a la familia desde el principio, para que lo sepas. Cristóbal Mendoza, nuestro ancestro, fue su primer presidente, hizo este país, y ahora lo hacemos nosotros, dándole pan para comer y quitándole la sed con nuestros licores. Es nuestro. ¡Que no se te olvide! En vez de pedir votos, ve pensando en depositarlos en mí o te arrasaremos con mil carestías, borrachón.
Más adelante, el mismo día, tuvo también que lidiar con un trío, que, también, a la par que pena por la desunión, no dejó de reportarle un momento hosco de animadversión política. Venían trenzados en una ardorosa discusión Eduardo Fernández, alias “El Tigre”, Enrique Mendoza y César Pérez Vivas, otrora compañeros de partido. Ocupaban los tres la angosta calle del Country Club, por donde habían salido a dar una vuelta, de modo que no le dejaron más escapatoria que afrontarlos. Cuando lo vieron, exclamaron al unísono:
─¡Mira quien va, el culpable de que estemos peleando!
De inmediato lo rodearon.
─¡Coño, la cagaste con ponerte a abrir la bolsa de los vientos antes de tiempo! ─le dice Enrique─. Mira cómo andamos los viejos compañeros de partido, discutiendo y tratando prematuramente de hacerle comprender al otro que cada uno de nosotros es el mejor para contender contra el tirano. Le estoy diciendo a Eduardo, por ejemplo, que al menos nosotros tres ─en este punto Enrique se endereza y se tercia la gorra sobre su calva─ hemos sido gobernadores de Estado, mientras él no es nada ni es…
─Más que un parricida político ─completa César─. ¿Se acuerdan la puñalada trapera que le dio al padre del partido, Rafael Caldera? Yo estaba razonando, por mi parte, que ustedes dos ─señalando a Eduardo y Oswaldo a un tiempo─ son una misma mierda que no respetan a nadie, que se desaparecen de la faz de la tierra y después de siglos se aparecen con la descarada ínfula de querer ser presidente, pasando por encima de todo el mundo. Muertos políticos que creen que Venezuela es un camposanto. A leguas se les notan las costuras de la ansiedad loca de poder.
─Sí, eso podría ser verdad ─riposta El Tigre mientras se amontonaba a un lado su estrafalaria nariz─, pero nosotros al menos nunca hemos dado la impresión de marica que odia a las mujeres golpeándolas por la espalda. ¿Cómo un hombre así puede captar votos para ser presidente de nada, caramba? Lo mismo éste, que se cree el carajito eterno de la gobernación de Miranda con esa gorra ridícula sobre su cabeza, más pelada que un circunciso. Si de costuras de ansiedad de poder que se notan hablamos, ¿qué más que semejante fascista que clausuró un canal de televisión en plena cadena nacional, de paso acusado de golpista? Al menos yo no tengo ese prontuario, y digo que quien no respetó una vez un cargo no puede aspirarlo jamás.
─Sí, pero se les acusa de traidores y borrachos ─se defiende Enrique, quitándose la gorra como para trapear a El Tigre y a Oswaldo─. ¡Son unos fantasmas y arribistas!
Cuando César exclamó “¡Más mujercita será tu abuela!”, metiéndole una zancadilla a El Tigre y empujando a Enrique, Oswaldo aprovechó la ocasión para escabullirse y seguir su camino, dejando el monte encendido. Detrás oyó que le gritaron cobarde y otras burlerías más, pero ya él apresuraba el paso sobre la ruidosa hojarasca de la calle de asfalto. Aunque, al doblar la esquina, se detuvo un rato más para pensar, mientras jorungaba un hormiguero bajo la sombra de los bambúes que crecen en los alrededores.
Cuando llegó a su casa, se sentió exhausto, pensando en que eso de ser candidato de la oposición era una aventura cuesta arriba; que no necesariamente por ser el primero en manifestarle su amor al país resultaría él en ser su único amante y que, a apenas un día de su declaración, ya la cosa parecía encenderse cansonamente en debate. Al parecer el país tenía demasiadas propuestas de matrimonio, y en desconcierto. Se lo decía el día que sucedía, recién vivido, y del modo más penoso, sin esa comprensión concreta en los otros de que él era el hombre, el candidato de Venezuela. ¡Ah, Venezuela!
Mandó a la mucama a apagar todos los televisores de su casa, porque le pareció que en cada uno de ellos hablaba un candidato distinto, todos gritando cuánto querían al país y ofreciendo abnegaciones, como si fueran él. Asco sintió por momentos y, no queriendo saber más nada de política (para político él), decidió irse a la cama, no pudiendo apartar de su imaginación el agitado hormiguero que había contemplado en la tarde entre los bambúes.
Pero esa noche no pudo conciliar el sueño. Sudoroso y acezante tuvo que abrir los ojos varias veces, tentado terriblemente por echar un trago allá en el bar de la sala. En una de esas aperturas se quedó pasmado con lo que avistó en medio de la oscuridad, dándose cuenta de que en verdad dormía y soñaba, y que nunca había despertando a ratos, como se lo tenía creído. Su cama estaba rodeada por todos los candidatos a la presidencia de Venezuela imaginables, desde el flaco Henrique Capriles Radonski hasta el voluminoso Hermánn Escarrá, cada quien haciendo ostentación de un carácter mediático distintivo, como políticos aspirantes a la presidencia que eran y también como sus virtuales contendores que lo acuciaban.
Ramos Allup lo señalaba con su índice, amenazándole con contar algo que él sabía (repetía a cada rato “No me hagas hablar, pajarito”); María Corina Machado le mostraba sus rodillas; Pablo Pérez lo regañaba y le recalcaba que Rosales era el líder de la oposición en Venezuela, y que lo prefería a él como candidato; Escarrá se bamboleaba peligrosamente muy cerca de su cama, con una constitución en la mano; Antonio Ledezma le soplaba la cara con un viento frío como del norte, asegurándole que tenía el apoyo de los gringos; Julio Borges se empeñaba en taparse las cejas con una cámara fotográfica, proyectándose sobre su calvicie; Henri Falcón ─el saltador de talanqueras del oficialismo─ lo apuntaba seriamente con su garrocha; Leopoldo López le mostraba un fajo de cheques de unas petroleras, diciendo que él tenía asegurado el financiamiento para la campaña; Henrique Salas Feo le repetía insolentemente que él era un amo del valle, de origen alemán, con credenciales templadas de sabiduría; y Henrique Capriles Radonski se peleaba con López y Salas aseverándoles que el del dinero era él, porque no era de origen alemán sino judío, el oro del mundo.
Un grito en medio de la noche se escuchó y, cuando la mucama encendió la luz, encontró al dueño de la casa en la sala, brillante la frente sudada, directamente sentado sobre el frío piso, sirviéndose un güisqui sin las rocas.
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jueves, 17 de marzo de 2011
Dedicado a un joven llamado Julio Rivas
José del Perol Mendoza tenía asegurado por todo el cañón una carrera gloriosa en la farándula venezolana. Sus padres, sus mecenas, constituían la garantía de ello, dado el excelente negocio de importación y exportación de alimentos que hasta hace poco regentaban en el país.
Pero, ya saben, no hay que explicarlo, como dice una horrible canción cubana, “llegó el comandante y mandó a parar”. Es decir, arribó el comunismo al país y empezó a decirle a los miserables que también les pertenecía y que ellos tenían que ver en su mando. De inmediato la empresa familiar empezó a tener problemas, las ganancias a mermar, los empleados a meter las narices en el saco familiar, a fiscalizar, criticar, hasta que, finalmente, aduciendo sobreprecios y ganancias apátridas, terminaron por tomarla mediante una nunca vista fórmula llamada de expropiación.
─¡Mierda!
La empresa familiar, así, dejó de funcionar, sin pena ni gloria, dejando un reguero sobre el suelo, entre ellos sus sueños. Y no hay nada más injusto, porque sus padres eran personas honestas, viejas en el país, más patriotas que cualquiera. Su único delito fue la astucia, requerimiento esencial en el mundo de los negocios. ¿Qué de malo tenía comprar, por ejemplo, la producción nacional de café y vendérsela digamos a Colombia para desde allá, a través de otra empresa de la familia, volvérsela a vender al país, empaquetada como producto de importación?
─¡Remierda! ─exclamaba muchas veces, mientras fumaba un cigarrillo frente a la televisión─. Peor era la basura esa de Zuluaga, que dijo públicamente la estupidez sobre especular pero y que dando empleo y todavía tiene su negocio de carros y televisión sin problemas. No es justo.
Claro que al principio sus padres ─como todos─ querían que fuese a la universidad y se hiciera una carrera para entrar en el mundo de los negocios, mejor si familiares. Se matriculó e hizo los primeros semestres, pero más se dedicó a viajar fuera de Venezuela, a las grandes capitales llena de historia y luz de Europa y los EEUU, donde se cocina el progreso del mundo.
”¡Ah, Paris, Londres! ¡Ah, América, que divina eres América! ─se arrobaba, pensando─. ¡Dígame Hollywood, sueño amado!”
Y cuando sus padres lo vieron tarareando varios idiomas, bajo un acento de insospechada refinación y melodramatismo, se convencieron de que el retoño tenía futuro, sí futuro en la actuación. Entonces ellos también enloquecieron y empezaron gastar en su educación, a perfilarlo como estrella, a pagarle cursos, viajes, teatros, dicciones, escuelas de ademanes y muecas. Pero, ¡plum! ─como se dijo─, la empresa familiar se cayó y el cielo se vino a pique. Del dinero lo que quedo fue el sueño para construir futuros. Y pensar que a punto estaba de matricularse en una codiciada academia de actuación en los EEUU.
─¡Yo soy una persona de pantallas! ─exclamó de pronto José del Perol Mendoza, furibundo, levantándose para ir a la ventana como en busca de aire─. Amo el cine, la TV, el arte... ¡La actuación es mi vida, no este maldito parque Los Caobos que veo todos los días!
La familia había cerrado las empresas aparatosamente y del pasado lo que quedaba ─como se acaba de decir─ era el presente con unas cuantas propiedades puestas en venta. Sus padres habían desmejorado en casi todos los aspectos, decayendo del mundo social donde anidaban, perdiendo ─lo primero─ hasta el glamour. Su madre se preocupaba apenas por su vestimenta y su padre se había convertido en un cascarrabias profesional que, por andar siempre trenzándose en discusiones políticas, ya ni se aseaba personalmente. El tuvo que regresar a sus estudios, a continuar con su carrera de Derecho en la Universidad Santa María.
─¡Pero que mierda de vida! ─volvía a exclamar, pensando en sus escasas posibilidades dramáticas en un país donde se cierran medios de comunicación y se mata el germen redentor de los artistas─ ¡Ay, Radio Caracas Televisión, qué buenas fueron tus novelas! ¿Dónde podré trabajar en este país de tristezas?
José del Perol Mendoza iba y venía, mascullando infiernos, mirando alternativamente los Caobos y la televisión, que permanecía encendida como decorando fracasos. Odiaba, ¡ahora sí!, tener que estudiar tan horrible carrera de leyes, rodeado por gentes de tan poca calidad social y caché, por más dinero que tuvieran algunos. Y lo que era peor: precisado a buscarse una beca, como le aconsejaba su dulce madre.
De repente José del Perol Mendoza lo vio, clarito como una revelación. Es decir, lo estaba viendo desde hace rato y no caía en la cuenta por estar con su caminadera de allá para acá y de acá hacia allá, allá, donde estaba la ventana y el maldito parque de mugrosidades. Allí estaba su salvación, o por lo menos lo más cercano a algo parecido a su sueño de ser protagonista, centro de la atención de las pantallas de televisión y (¿por qué no?) del cine mismo.
Todos los canales se peleaban por mostrar a unos jóvenes estudiantes en huelga de hambre en un lugar cualquiera (¿qué importa?), acostados sobre una mantas en la vía pública con caras de mucho sufrimiento y patriotismo. José del Perol Mendoza se detuvo ipso facto. Su salvación estaba frente a sus ojos y no la veía, y, ¡bendito sea!, procedía de la misma fuente de sus ansias, sueños y pesadillas, desde hace rato. ¡La TV, la TV! ¿Cómo no se le había ocurrido? Actuaría, declamaría, declararía, imitaría el sufrimiento hasta del mismo Señor en la cruz, pero actuando, trabajando en lo suyo. ¡Y lo haría magníficamente bien, estaba seguro, y, de paso, con reconocimientos públicos y, ¿quien dice que no?, hasta contratos, quizás una oferta, una carrera, cualquier cosa para salir del anonimato! Apenas había que interpretar un poco de vida y mucho de hambre y patriotismo. ¡Estaba hecho!
José del Perol Mendoza por fin sonrió, transformando su rostro con dramatismo, como si la expresión anterior la hubiera acomodado dentro de un portafolios. Apagó la TV, cerró la ventana, antes mirando con desprecio hacia su exterior. No cabía en su habitación de puro contento, de donde salió como disparado hacia el lugar de la huelga, a la que se uniría, ¡no hombre, sin dudarlo! No le paró a un vecino que se consiguió en las escaleras.
─¡Soy una persona de los medios! ─gritaba feliz, como loco, mientras bajaba─. ¡Soy un artista, la pura pantalla, de pantalla soy!
Etiquetas: Huelga de hambre, Oposición política, Protestas estudiantiles
miércoles, 2 de marzo de 2011
Oswaldo Álvarez Paz tomaba un güisqui en las rocas. Mientras puyaba el hielo dentro del vaso, recordaba viejas glorias, extendiendo la mirada hasta el jolgorio de luces sobre la ciudad, allá a lo lejos.
Se había procurado un rincón privado, tal vez para meditar, quizás para anotar algún pensamiento, lo más acogedor posible, desde lo alto de las faldas del Ávila, de modo que con la vista pudiese dominar la olla de la otrora Sucursal del Cielo.
No esperaba que nadie lo molestase y así se lo había hecho saber al encargado del negocio. Ya se sabe...: una figura pública como él, un político tan connotado, era como un artista, sin gran anonimato.
A través de los cristales, miraba los cubículos contiguos del balcón donde estaba y se reconfortaba: todos solos, así como solo él en el suyo. Sin duda, era un momento especial para hablar con el espíritu, oyendo nomás el aletear de la vegetación montañosa empujada por el viento frío caraqueño. Entonces se permitió humedecer sus ojos, melancólico.
Tomó una servilleta y esgrimió su bolígrafo de oro. Escribió lo siguiente con parsimonia, profundizando el trazo de las letras: “Quiero ser presidente de este país”. Luego dejó caer el lápiz, casi con desdén, dedicándole una prolongada mirada al papel, desde unos ojos como de pescado.
El frío y el desacostumbrado viento de estos días locos del clima que aquejan al mundo entero lo trajeron de regreso a su mesa, a la calurosa compañía de su güisqui frío. Con un gesto apasionado, mientras ladeaba la cabeza con cadencia, Oswaldo apretó sus ojos, como si hubiera querido exprimir (y suprimir) cualquier desventura.
Al rato se levantó y fue por su sobretodo en la percha. Y se lo puso, sintiendo la renovada energía que insufla siempre el vestirse para emprender una diligencia. Luego tomó el vaso de güisqui y lo envolvió muy prolijamente con la servilleta, para, finalmente, dirigirse hacia el balcón, mientras parecía ensayar unos gestos.
Allí lo esperaban, por un lado, la fría y oscureciente vegetación del Ávila, más el silencio, y, por el otro, las luces a lo lejos de la ciudad de Caracas, refulgentes ellas, titilantes en miríadas, como una majestuosa plaga de insectos. Ante sus ojos maravillados ─ahora expresivos y muy redondos─, aquellos milagrosos cocuyos no tardaron en convertirse en millones de personas que habían venido para aclamarlo, estruendosamente. Sus ojos brillaron; levantó los brazos, saludó y brindó por ello.
Etiquetas: IV República, Oposición política, Oswaldo-Álvarez-Paz
miércoles, 16 de febrero de 2011
Es de noche. Hasta la orilla del río Orinoco parece llegarse el brillo de la luna bochinchera, como si animara a medio mundo bolivarense a salir de farra, de conquista o de quién sabe.
Muchos ojos brillan, mirando hacia el agua. En las barandas del malecón hay movida, grupos, sombras, parejas. Y el murmullo implacable de voces y ruidos de vehículos. Hasta al viento se le siente el silbido.
De pronto el ambiente se acalla un poco y los rostros parecen voltearse con cierta sorpresa. Hasta la luna ─se dirá─ parece opacar su brillo. Un novio por allá protesta la interrupción, debiendo dejar congelado en el aire un beso. En algo se quiebra la regularidad del tiempo.
─¡Coño, que fastidio con estos tipos! ─parece musitar la noche.
Una cofradía de opositores venezolanos ─derecha política─ había llegado de improviso a las playas, y ahora se pasea por las aceras generando barullo. Los guardaespaldas hacen su trabajo. Los transeúntes deben apartarse ante el paso parsimonioso de sus excelencias. Los trajes y vestidos de damas costosos intentan competir hasta con la misma luna, que ya había convencido a unos cuantos amantes a que le rindieran su acostumbrado tributo. Relojes, collares, botones, brillan no tanto como cocuyos, sino estrellas.
La comitiva se va por allá, apartando masas, mirando a derecha o izquierda, olfateando el viento con la nariz en alto, calibrando qué mejor hacer para aprovechar el viaje a la tierra del Discurso de Angostura. Después de casi obligar a medio gentío a rendirles su vieja y necesitada pleitesía, y después de arruinar montones de enamoradas parejas, finalmente, dobla a la derecha, allá a lo lejos, y se interna bajo los faroles de un elegante bar del bulevar.
─¿Y qué harán estos por aquí? ─pregunta un viejo de la plaza a otro.
─¿Coño, no lo sabes, viejo? ─exclama el segundo─. Son los diputados de la Asamblea Nacional, de oposición, que vienen a la sesión de mañana por la conmemoración del discurso de Angostura...
─Pero no asistirán ─interrumpe rápidamente un tercero─. Ya lo dijeron.
─¡Ah, sí, yo oí algo de eso... ─dice el primero─. ¿Pero que hacen, entonces, por aquí?
─¡Concho, viejo, ¿qué más?! ¡Vienen a gastar sus reales! No irán a la sesión, eso lo sabemos, pero, ¡mira!, ya calientan sus motores dentro del bar... Y te digo: si hay sesión, la miraran reunidos todos ante un pantalla plana de TV de más o menos 50 pulgadas, como saben ellos hacer sus cosas. ¡Y cómo se reirán con su sabotaje!
─Si, porque vienen es a eso, a burlarse…
─¡Y cómo hacen sus cosas, estos carajos! No van a la sesión, pero no pelan el chance para viajar, visitar lugares costosos y tomar caña. ¡Qué viva el güisqui, no joda!
Mientras los opositores están internados en el ambiente del selecto mesón, la noche, la luna, los ruidos, el agua, los amantes, el viento y los viandantes vuelven a su rutina.
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lunes, 22 de noviembre de 2010
La lluvia arrecia y crea ese típico murmullo como de hormigas gigantes corriendo entre la maleza. Aunque se viva en una ciudad como Caracas y no en la selva, ...y selva de algún modo, de concreto..., como se dice.
La lluvia se oye sobremanera y los demás ruidos parecieran apagarse para hacer notar su concierto. Cuasi se paraliza la ciudad. Los viandantes huyen a resguardarse bajo cualquier aleta que sobresalga de los edificios. Los vehículos remontan a duras penas la chorrera sobre las calles. Todos tiemblan, abrazándose a sí mismos, mirando hipnóticamente el ruido sobre el pavimento.
Más de cerca se oye otro murmullo: la gente conversando cualquier cosa, improvisando nuevas amistades o descubriendo desafinidades, conminada a la socialización por causa del temporal.
Me encuentro como todos mirando el chispotear sobre el suelo, arrobado por el espectáculo. De un cuerpo enchaquetado que se bambolea a mi lado, con las manos metidas en todos los bolsillos, sale una voz dispuesta a charlar.
─¡Ah, buen palo de agua! ¿No le parece, paisano?
Levanto la vista y sonrío a un señor embigotado, de unos sesenta años a lo más, correctamente vestido.
─¡Caramba, no creo que así el país pueda prosperar! ─dice, después de examinarme unos segundos─. ¡Se paraliza todo!
─¡Sí...! ─suelto, más que todo por no dejar a solas al hombre con la palabra─. ¿Qué se hace?...
─Todo se atrasa, hombre... Figúrate ─acercándose un poco más─: cada una de estas personas tiene un trabajo o misión que ejecutar; y cada tarea, digamos, es parte del funcionamiento del país... ¡Te puedes imaginar cómo quedan las cosas si nos engavetamos todos a la pata de un edificio a esperar que la lluvia pase! ¡Se cae, se cae el país, hombre!
─¡Ajá! ─carraspeo, casi seguro de hacia dónde se dirige la conversación. Puedo decir que eximo ya una especialidad sobre el tema acuático y algunos ánimos parlanchines.
─Figúrate que yo mismo soy un ejemplo. Ando desde las siete de la mañana en una diligencia y todavía no termino. ¿Ves este papel que cargo aquí? ─me muestra un papel sellado desde un bolsillo interno de la chaqueta─. Es un documento que sólo requiere la firma de un director de ministerio, y el tipejo todavía no ha llegado, y yo todavía lo espero... ¡Y con esta lluvia..., menos que menos!
Le vuelvo a echar una mirada al hombrecito. Su bigote blanco se estremece como epilépticamente, ya sea por su entusiasmo por conversar sobre cualquier cosa o por el malestar real ─y rápido─ que noto comportan sus palabras. Sé que tiene un problema, una diligencia importante, como dice él, pero me digo: “Caramba, pero qué suerte la mía para atraer gente conversadora... ¿Qué culpa tengo yo del destino de cada uno de ellos...? Siempre que me atrapa la lluvia en la calle y me pongo a tratar de disfrutar de su fenomenología, digamos poéticamente, como ahora, me ocurren tales vainas. Es como si alguien quisiera convencerme de que la maravilla de ese avispero que cae del cielo no está más que en el efecto de sus picadas sobre los seres humanos...”
─¡Y con el loco ese que tenemos en Miraflores...! ─de pronto oigo, como para confirmar mis sospechas─. ¡No joda, vale! ─exclama, tras su conclusión, repentinamente apoderado de una loca furia.
Yo continúo mirando el ruido de los goterones sobre la calle, aunque muy consciente del don bamboleante a mi lado.
─¡Y llueve que te llueve! ¡Y llueve que te llueve! ─me da un codazo y pregunta─: ¿Te acuerdas de la sequía esa que acabamos de pasar, que no había agua ni para bañarse, ni para la electricidad, de vaina para tomar...?
Digo que “si” a mi manera.
─¡Bueno, esta lluvia es obra del loquito éste de Miraflores! ¡Él le inyecto mercurio al cielo para que lloviera aquella vez! ¿Recuerdas? ¡Y mira la consecuencia: ahora llueve que te llueve, llueve que te llueve...! ¡No para, caballero! ¿Cómo prospera un país de semejante manera? ¡Todo se atrasa!
Entonces levanto la vista para mirarlo, curiosamente, procurando amortiguar mi raciocinio. Sigo encontrando al hombrecito risueño de bigote blanco, pero ahora provisto de unos ojos fijos, de mirar muy ardiente. Al momento saltan en mi cabeza las archiconocidas explicaciones sobre el cambio climático y sus efectos sobre la temperatura, lluvias y sequías en el mundo, producto del irracional uso que el hombre y su modelo de sociedad hacen del ambiente.
El hombrecito se me queda mirando durante un rato más para, finalmente, preguntarme:
─¿Está usted con el tal “proceso”? ─yo no digo nada y continúo como si estuviera absorto con la lluvia, pensando en lo poco que me equivoco respecto de las conversaciones de los hombres.
─¡No me jodas! ─exclama y acto seguido se lanza al chaparrón desbordado en la calle, utilizando su chaqueta a manera de escudo contra los proyectiles, vociferando─: ¡Que viva Chávez, carajo!
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miércoles, 12 de agosto de 2009
Ese día en Las Mercedes había frío. Era viernes, y el embotamiento matutino ya prometía un contraste severo con lo que sería la tarde caraqueña, y aun más la noche, dada al relajo y la celebración del término de la semana laboral de muchos.
Pero el Alcalde Metropolitano no estaba para parrandas durante esos días, cuando la comunidad internacional (hasta ahora el único argumento poderoso en la lucha contra Chávez) se había volcado con todos sus medios de comunicación hacia Honduras, donde ─en su criterio─ se había dado un “vacío de poder” disfrazado de golpe de Estado.
Ni siquiera porque era viernes, día de fiesta semanal, él declinaba en su afán de luchar por la libertad de Venezuela. En otros momentos, cuando la brega le daba un respiro, se iba a la isla de Margarita, donde gobierna un viejo amigo de partido, a solear un poco su espalda blanquecina y a liquidar otro tanto el estrés de trabajo tan heroico. Pero en esos días que el país casi había sido sometido al anonimato comunicacional, no podía darse el descuido que el mundo se figurase a una Venezuela sin cabeza opositora.
“─De ningún modo, nada de eso ─se decía con toda seriedad, no pudiendo luego contener una sonrisilla al imaginarse la planicie de su calva cabeza-: para cabeza brillante, la mía”.
Vería a los borrachos y a la gente feliz desde su colchoneta extendida sobre el suelo, pero de que haría una huelga de hambre por una patria libre en Venezuela no tenía la menor duda. Se lo había dicho el gordo Alcalay, ese viejo amigo embajador de la Cuarta República, conocedor del coeficiente intelectual internacional:
─Ledezma, la vaina está jodida. El hombre está empepado con Honduras, y esa vaina nos afecta a todos: a tí, a mí, a tu imagen de futuro presidente de Venezuela. La oposición está muerta, como si no existiéramos. El hijo de puta de Zelaya nos liquida y se traga todo como un agujero negro, y es una verdad de aquí a Cuba que quien determina en gran medida la atención de los medios es Hugo Chávez ─¡hombre, no nos mintamos!─, y caso es que el hombre lo que hace es mandar y mandar los ojos para Honduras.
─Gran verdad ─había empezado a reconocer Ledezma, pero el ex embajador del pasado no lo dejó terminar─:
─Hay que llamar la atención nuevamente, Toño, a cualquier precio. Buscarle pendencias con la oposición, sacarle la madre nuevamente, si es posible, como hizo aquel masista estupendo… ¡Cualquier cosa que haga que nos mire, que vuelva la atención a nosotros, que vuelva a la patria, como decía aquel viejo poeta de Catia, allá en Pérez Bonalde. Esa huelga que a tí se te ocurrió, ya la tenía yo en mente desde que explotó el vacío de poder en Honduras. Y me dije “Verga, nos jodimos, la oposición venezolana tendrá un receso”. Pero, Antonio, aquí estamos para echar mentes juntos: haz tú tu huelga frente a la OEA ─es una idea genial para llamar la atención─, mientras seguimos pariendo ideas para hacerte una imagen de presidente para el 2.012. ¡Mejoran las cosas! Y acuérdate que tiene que ser indefinida, Ledezma, huelga indefinida, o al menos así anunciada, si es posible agregándole “hasta que se vaya el tirano”.
Ledezma no pudo evitar sonreír nuevamente al ver la exaltación de su amigo, aquel funcionario que había vivido la mayor parte de su vida fuera del país, actual Coordinador de Asuntos Internacionales de la Alcaldía Mayor: al menos tenía otra opción entre manos, muy distinta al fiasco de pasar el día encerrado en su gabinete de burgomaestre sin hacer nada, mirando moscas y ventanas, recibiendo a chusmas que ningún crédito político le retribuían. Lo suyo era la política de alto nivel, la publicidad, los medios de comunicación (actualmente secuestrado por el tirano en Honduras), su imagen de futuro candidato y presidente de Venezuela. Nada le importaba que un señor mayor de la izquierda (José Vicente Rangel) insinuara por ahí que él era "capaz de dejar que lo fusilen si cuenta con un buen número de espectadores". Había que llamar la atención. Haría su huelga de hambre. La política es la política, y resalta y va de candidato para algo quien llama la atención. Y ese era él, el hombre estrella opositor.
─Y luego te vas a Washington ─proseguió el gordo ex embajador─, donde tengo muchos amigos, para que completes el tortazo de un escándalo internacional. Y mientras Chávez se vuelve a meter con la oposición, y los medios regresan, nosotros ciertamente ya estaremos en los EEUU, la patria grande, orquestando un ataque final sobre ese rolitranco de pendejo. Míralo así: gobernadores y alcaldes de la oposición que no gobiernan, porque no nos dejan; Chávez invadiendo a Colombia y Honduras, exportando su revolución, y, de paso, lo de costumbre, tratando de acallar a los medios. Los gringos se arrecharán, te lo aseguro, Toñito, y mis amigos harán que los EEUU preparen una invasión. Y de paso, para más peso, te vas con los otros gobernantes de la oposición, Pérez Vivas, Pablo Pérez…
─Tranquilo, Milos ─le tuvo que atajar Ledezma─. Calma, compañero. Se supone que el de las ideas soy yo ─poniéndole rostro de recriminación─. La idea de la huelga es mía, hermano, no tuya ─le dice sin ninguna piedad, algo ansioso por apagar aquella gruesa exultación de amigo, quien ya parecía celebrar la caída del tirano─. Debemos procurar realismo; ¿qué te ocurre? No ha caído en diez años y ya tu lo tumbas con una reunión ─le dice con severidad, aunque en el acto se retrotrae cuando mira aquel rostro demudarse hacía una mísera expresión de desencanto─. Así nos engañamos. Sin embargo, debo reconocer que lo de Washington es magnífico…
Milos había bajado el rostro ─recuerda Ledezma─, dejando que unas obesas gotas de sudor le chorreasen desde la frente. Su bigote rubio temblaba, como si hablara a solas, y se había puesto, como en un gesto incontrolado, a frotar el suelo con sus zapatos de cuero negro. Su corbata colgaba con una curva sobre su barriga…
Era jueves, un día antes de la ejecución de su nuevo plan. Había llamado al antiguo diplomático para consultarle sobre la posibilidad de su decisión de huelga ante la OEA y pedirle además asesoría respecto de cómo proceder ante el Secretario General, José Miguel Insulza. Algo molesto consigo mismo, puso su mano sobre el hombro de su asistente e hizo un esfuerzo de humor para contentarle.
─¡Piano, piano, compañero! Ni siquiera sé si sobreviré a la huelga de hambre indefinida, mi amigo, como tu la llamas.
Milos continuaba cabizbajo.
─Tus ideas son buenas y las agradezco, Milito… ─silencio─. ¡Serás mi canciller cuando sea presidente!
Entonces el Coordinador de Asuntos Internacionales levanta el rostro y ambos rompen a reír durante un rato.
En fin ─termina de recordar el Alcalde─, ese día de la huelga era viernes, hacía frío en la mañana baruteña (aquellas montañas y su vegetación hacían su trabajo) y ya había muchos curiosos preguntándose para qué servirían las colchonetas y almohadas que llevaban debajo de los brazos. No deja pasar que le provocaba arengarlos para decirle “Son implementos de lucha para una nueva Venezuela. ¡Únanse!”
Ledezma mira el rostro de los gobernadores del Táchira y Zulia, quienes le acompañan en su gira por los EEUU, y quienes rieron bastante con el cuento del embajador Alcalay. Les dice no le resultará fácil olvidar ese día, sobremanera el edificio Arpicenter, sede de la OEA, el cual le pareció fastuoso (como le parece a un adeco toda sede de un poder. Miraflores es una pesadilla que lo acosa) y una casi dulce herramienta de combate, dado que los medios de comunicación habían vuelto a pararle atención.
Sólo un detalle le molestó durante sus heroicos tres días de lucha, y así se lo refiere a sus correligionarios, apretándose fuertemente la chaqueta, porque en EEUU sí que hace frío del bueno: una defensora de los derechos de los animales le hizo muecas constantemente moviendo un perro de mascota entre sus manos, sin que él pudiera comprender nada.
─Cosas que le pasan a los gobernantes ─les dice a sus compañeros de viaje─, gajes de la grandeza.
Y todos vuelven a entonar sus risas.
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viernes, 10 de julio de 2009
Huelga de hambre contra el régimen: la lucha patriótica de Antonio Ledezma
0 comentarios Publicado por Oscar J. Camero en 0:05Después de rumiar su rabia en una de las playas de Margarita –refugio donde se “enconcha” después de abandonar a sus seguidores en las marchas-, Antonio Ledezma, Alcalde Mayor del Distrito Capital, decide regresar a Caracas. Su furia no tiene límites, dado que el rollo en Honduras le quitó brillo –micrófonos y pantallas- a las buenas nuevas que traía desde Washington, la tierra del cielo amada. Está furioso.
Tanto esfuerzo, tanto dinero gastado, tanta gritadera allá en el Consejo de Las Américas pintando al presidente Hugo Chávez como un dictadorzuelo, se fueron a pique por culpa de los estúpidos gorilas de Honduras, quienes con su golpe no se cansan de chupar la atención de los medios de comunicación, dejándolo en tal estado de orfandad política que siente que nadie lo nota. Ni siquiera él mismo se siente –empieza a decirse, congelado por el coraje-, porque nota cómo una mosca se le posa sobre su brillante cabeza y él ni se inmuta para aplastarla.
¿Qué iría a hacer con todas aquellas novedades de sus peripecias en la patria de Abraham Lincoln? ¿Con tanta palabra de aliento recibida de tan increíbles gringos, quienes al felicitarlo le reiteraban en éxtasis que semejante zambo era merecedor de una invasión o un golpe militar? “Tu calma”, le había soltado uno de ellos, “Chávez is poco time”, para luego rematar con la conocida expresión latina alea iacta est.
--¡Es que esos carajos son una maravilla! –se descubre musitando, sin embargo, en medio de una casi imperceptible sonrisa.
Pero… ¿a quién, pues, contaría aquellas maravillas sobre la impopularidad de Chávez en el mundo, si nadie le para? ¿Qué demonios iría a hacer con aquella abrazadera gringa y con tanta promesa de ayuda en su campaña por hacerse con un perfil presidencial si aquellos idiotas hondureños se le adelantan y le roban el show con el cuento de que dan un golpe de Estado para que el dictadorzuelo no los invada? ¿Hasta cuando, coño, estarán estirando el teatro de jalarse a los periodistas y cámaras, dejándolo a él, como dijimos, en un estado de miserable orfandad? ¿Hasta cuándo, caramba, hasta cuándo? ¿Hasta cuándo…?
El Alcalde Ledezma se lleva las manos a la cabeza (la mosca se espanta), no pudiendo resistir tanto abandono, dejadez o ensueño. Rato tiene sin convocar una rueda de prensa y así –se dice- no puede transcurrir la vida de un político como él, más si su perspectiva es llegar a ser el primer hombre del país, Presidente de la República. Apaga de un manotazo el televisor, donde no resiste ver cómo el mundo gira en torno a tan miserable país, Honduras, uno de los más pobres de la Tierra, por cierto, y se pregunta seguidamente qué tanto puede valer ese país en la lucha contra Hugo Chávez...
-¡Si yo solito me saqué unos ochocientos mil votos –no puede evitar exclamar-, casi lo mismo que él mismo presidente de Honduras! ¿Qué tan importante, pues, puede ser el tal fulano ese si yo mismo como alcalde tengo el mismo apoyo y puedo ser hasta más legítimo? ¡Importante soy yo!
Empieza a caminar con parsimonia, como intentando evitar que alguien descubra su fuego interno. Anda, en fin, furioso, indignado, mirando con cautela hacia los lados, pensando en que hay que hacer algo, romper el pegoste del abandono, explotar, llamar la atención, jalar a esos carajos periodistas para que lo entrevisten y se olviden de esos hijos de puta de Honduras. Siente el impulso imperioso de abofetearse, de pegarse contra el suelo, pellizcarse…, cualquier cosa que le haga sentir que está vivo, no importando el dolor que pueda padecer si con ello reconquista protagonismo en los titulares de la prensa nacional.
De pronto nota cómo un perrito –muy peludito él- se le escapa a la dueña para dispararse contento a lamerle sus zapatos, a mordisquearle los pantalones. Antonio se detiene en una pieza, como comprimido; mira automáticamente hacia sus guardaespaldas, quienes caminan distribuidos a cierta distancia en torno suyo. Uno de ellos ya se dirige para quitarle la molesta criatura de entre las piernas, pero el alcalde se apresura y, sin poderse contener, lo hace él mismo, asestándole una patada voladora.
--¡Patán! –oye que le increpa la señora, mientras mira aterrizar al animalillo sobre la hierba, en una de las tanticas islas de vegetación de la plaza.
Lo que sigue lo deja perplejo y –¿por qué no?- lleno de satisfacción. Un corro de gente lo rodea, sólo separado de él por la mediación de sus guardaespaldas, insultándolo, lanzándole papelillos, llamándolo animal, pelón, asesino… Ledezma sonríe a pesar del despelote: después de todo había logrado llamar la atención, sintiéndose protagonista nuevamente.
En el acto instruye a sus guardianes para que le abran paso rápidamente, pues una idea inaplazable de lucha por la libertad se había instalado en su cabeza, a propósito del incidente. Allí está la clave, caballero –se dice-: el escándalo, el dolor, infligido a otros o a sí mismo. Sí, señor. Si aplicado a un simple perro había levantado una turba, ¿qué no esperar si lo hace sobre un hombre, y sobre uno no tan vulgar, como él, Antonio Ledezma, el Alcalde Mayor? Lloverán naciones de atención sobre su humanidad.
--¡Si señor, el padecimiento es escandaloso! –recita, mirando al cielo, felicitándose por la idea y regocijándose con la imaginación de que los periodistas harían colas para abordarlo. Luego le habla con decisión a su asistente principal-: ¡Se acabó Honduras, Miguel, vamos ya con los compañeros, con la oposición patriota, a proponer una huelga de hambre contra el régimen, a ver si la OEA y los medios de comunicación no se van a dejar del cuentito ese que tienen con Zelaya y Micheletti! Volveremos al primer plano. Comunícate con ellos y llama a una rueda de prensa. ¡Muévela, es rápido! Diles que es un asunto de vida o muerte, dado que en la lucha por una Venezuela libre el Alcalde Antonio Ledezma, o sea yo, anda en un riesgo mortal. ¡Huelga de hambre contra el régimen! Ya hablaremos de sus motivaciones. Lo importante es ya. ¡Dale!
Dicho lo cual, se dirigen apresurados hacia sus camionetas blindadas, esas burbujas negras que suelen trancar el tráfico vehicular cuando se presentan con su tan importante cargamento humano. La chusma insidiosa les tira cosas, que se estrellan contra la carrocería; pero ya en el interior del vehículo Antonio Ledezma, el Alcalde Mayor, despliega una inmensa sonrisa. “Eureka” –exclama- dando así por concluido un rabioso ciclo de inacción política.
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viernes, 3 de julio de 2009
Julio Borges en España, junto a Sancho Panza y el burro.
0 comentarios Publicado por Oscar J. Camero en 14:31Julio Borges piensa en Don Quijote y Sancho Panza cuando se dirige hacia la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), en España, para dar un gran discurso sobre la libertad. No lo puede evitar, dado que está en España, y tales personajes, como el Cid Campeador respecto de su historia, constituyen el icono inmortal de su literatura.
--“¡Ay, España –se le antoja de pronto entre ceja y ceja, mientras camina-, una de tus hijas anda en desgracia!”.
No lo puede evitar. ¿Qué se hace? Todo es repentino y apasionante cuando se aleja uno de la patria, más si para luchar por ella.
Por un lado le llegan los referentes históricos y culturales de la Madre Patria –hecho por el cual se felicita, señal de profunda cultura- y por el otro lo ensombrecen los hechos de la presente realidad, en especial de su país, Venezuela, donde la libertad y la historia se hallan arrinconadas por ese gigante follón de los nuevos tiempos llamado Hugo Chávez.
Sacude su cabeza como bajo un éxtasis, casi rozante con la nostalgia, y, con grandes esfuerzos, logra enderezar sus oscuras y gruesas cejas, lo más parecidas a una M mayúsculas sin alas. “No hay lugar a dudas –piensa-: se hace necesaria la lucha, aquí y allá, dentro y fuera, arriba y abajo, en España y Venezuela, si es posible fuera del planeta. Hay mil entuertos que desfacer”
Pero sonríe, adulado, ante las ocurrencias de su mente ilustrada, no de otro modo calificable si con tantas expectativas esperan oír sus opiniones allende Venezuela. Hugo Chávez se le presenta a su mente como un pequeño gigante bochinchero a quien con talento e inteligencia hay que vencer. ¡Y ahí estaba él, Julio Borges, fundador del partido Primero Justicia, con sus dos amigos, yendo a la Madre Patria a dar la batalla por la causa!
Por supuesto, otros los son tiempos. No es tan iluso como para perder las perspectivas. Aquel viejo pintoresco, soñador y atrabiliario, junto a sus amigos Sancho, Rocinante y Rucio –el burro del escudero-, luchaba por la imposible causa de recuperar un mundo perdido, desplazado por la maquinaria de los tiempos que, implacable, sustituía caballería por vulgaridad y damiselas por sinvergüenzas, para mencionar dos elementos. Tiempos en que todavía había bosques encantados y magos echadores de bromas por todas partes; cuando volver al pasado no tenía esa connotación de lucha por la libertad, como las pueden tener las gestas de ahora, ahora que los tiempos han alcanzados sus topes de historias Pero era, en todo caso, el libre albedrío de Don Quijote y Sancho Panza, y eso también es libertad.
Mas él, Julio Borges, lucha por la democracia, y ahora que los tiempos han alcanzado un tope de evolución –él hasta hizo programas de televisión en su país y acababa de llegar en un avión a España -, volver al pasado para buscar libertad luce tan válido como ir al futuro a encontrarla. Irrebatible realidad o impecable composición de su alto pensamiento: salir de Hugo Chávez, borrar el presente, restablecer la llamada IV República con toda la flor de su pasado, tiene tanta connotación de libertad como soñar con el futuro. Y ahí está la lucha, viva y campante: combatir gigantes follones, molinos de vientos, deshacer entuertos, equivale a luchar contra Hugo Chávez, lo cual daría como resultado a una Madre Patria unida en alma y causa con su hija Venezuela. No puede evitar sonreír, lleno de orgullo.
Para eso lo invitan y para eso llega él, para decir sus verdades. Vuelve a estremecer la cabeza junto con sus cejas, como para deshacerse de tanta pensadera sobre pasado y presente, echándole un somero vistazo a sus compañeros de caminos, a quienes les sonríe fraternalmente, dándoles a entender que se apuren porque podrían llegar tarde a la reunión del FAES y perder un buen chance de lucha por la patria, la libertad y la democracia.
--“¡Vaya! –de inmediato cae nuevamente en sus pensamientos-: le robé la frase a los EEUU”.
Se dice que no tiene nada que temer, que ni siquiera tendría que estar nervioso, hombre contemporáneo como él, tecnificado y culto. Le espera ese importantísimo auditorio, llamado en su eventualidad “La Libertad en tiempos de crisis” –por cierto-, y para ello había pasado él largas horas puliendo sus magistrales frases, para el registro de la historia. No pueden fallar, porque comportan el arte de la identificación con el auditorio y la obligante necesidad de defender intereses comunes. Básicamente son:
- “Venezuela necesita importar democracia”
- “Hay un Hugo Chávez a la vuelta de la esquina de cada país”
- “Lo que ha ocurrido [en Venezuela] puede pasar incluso en España”
- El chavismo es “una enfermedad contagiosa”
- “Chávez hoy es una minoría en Venezuela”
Luego el pobre Chávez es un homúnculo infecto-contagioso que tendría que salir corriendo ante las huestes indignadas de aquel auditorio, ansioso por su parte de aplastar a tan execrable dictadorzuelo y de exportarle al mismo tiempo a Venezuela la tan pedida democracia.
Julio no lo puede evitar, sumido ya en una suerte de paroxismo de la petulancia, y en el momento se le antojan ridículos los argumentos de sus gafos compañeros (uno compararía a la URSS con Venezuela y el otro diría que el socialismo es horrible). No puede evitar la risa, casi a carcajadas, pero…
--¡Soy un genio! –exclama en voz alta para disimularla, asombrando a sus apurados compañeros, cuyos ruidillos de saco y corbata, de zapatos de cuero, lo traen nuevamente a la realidad.
Marcel Granier lo había pellizcado, como diciéndole desde su enarcado bigote que conservara la compostura, porque ya se acercaban a la sede. El otro, gordito él, Yon Goicoechea, le lanza una mirada incómoda, algo resoplante desde el fondo de su camisa blanca.
Julio entonces se endereza, saca el pecho, estira su semicalva al cielo, le vuelve a poner alas a sus cejas, excusándose finalmente. Y camina… Pero en su interior ríe, profundamente, a carcajadas –se dirá-, mirando con el rabillo del ojo a sus compañeros. Tres y cuatro veces se venga a placer de ellos, imaginándose que uno es el tonto y gordinflón escudero y el otro el feo caballo Rocinante, sino Rucio, el burro de Sancho Panza. No lo puede evitar y se ríe de nuevo.
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