martes, 20 de octubre de 2009
Antonio Ledezma, Alcalde Metropolitano, ha entrado en pánico. Está revisando los reportes de las encuestadoras y no lo puede creer: el israelí-venezolano, Enrique Capriles Radonski, gobernador del Estado Miranda, “emerge” como el candidato de mayor realce para enfrentar a Chávez en un careo electoral.
─¡Es insólito! ─exclama, pasándose la mano por la calva y uniformando su graso brillo hacia el centro de la cabeza─. ¡Este mundo no tiene arreglo, de tan ingrato que es!
Se dirige hacia la ventana y empieza a mirar la gente que camina en la plaza y las verdes colinas de la ciudad. Es un día caluroso allá afuera, hasta rabioso, en nada parecido al frío ambiente de su oficina, que le hiela los huesos. Regresa nuevamente al centro de la estancia, abrazándose a sí mismo, pero se va de nuevo hasta la ventana… y mira…, y mira… Está furioso.
─¡No jodan: no soy alcalde desde ahora, sino de siempre! Yo les arregle la ciudad a todos y goberné para los hijos de sus madres que ahora me pagan prefiriendo para candidato presidencial a tan idiota criatura, que ni siquiera es venezolana! ¡Porque eso sí, soy venezolano únicamente, sin dobleces de ningún tipo, y si él es “Capriles”, yo también soy uno! ¡A mi no, carajo!
Nuevamente se sienta, haciendo el mohín de alguien que se sabe importante, arreglándose la corbata, con el sumo cuidado de quien se consiente, de quien mide hasta el tiempo que tarda cada uno de sus movimientos. Acerca el vaso con agua que tiene al frente, moja sus labios y respira hondo…, pero no lo soporta, no se puede contener, no le cabe en la cabeza el cuento ése de los tibetanos que se la pasan relajados así revienten con toda la presión del tan cruel mundo. Va otra vez hasta la ventana.
─¿Es arrecho, no? Grandes han sido mis luchas… Limpié las universidades ─con la Policía Metropolitana de antes─ de tanto podrido comunista que amenazaba la democracia…, aunque no me di a basto para todos y algunos se salvaron… (los que hoy están en el gobierno). Puse mi grano de arena para tumbar al tirano en el 2.002… Vencí limpiamente a mi enemigo “socialista” para el cargo que hoy ocupo. Hice huelga de hambre… Viajé…, acabo de viajar por el mundo, buscando ayuda para Venezuela… ¡Y ahora esto! ¡No me jodan, pedazos de basura política! ¡Yo sé que se trata del maldito dinero; eso es! ¡El sionista y sucio dinero!
Al regresar, pega un golpe sobre la mesa de fina madera, tumbando el vaso, el cual se derrama y empieza a humedecer el periódico, la nota de prensa que leía.
Ledezma se inclina, mirando el fenómeno con una repentina y rara fruición: la mancha se extiende lentamente, apoderándose del papel periódico, oscureciendo como una noche gris aquel mundo de numerosas letrillas. Nota embobado cómo la humedad se come la noticia que le atribuye un 68,4% de aprobación al gobernador “enemigo” (aunque del mismo bando) y se apresura a salvar la página cuando el agua se acerca a unas notorias siglas que rezan “IVAD”. Toma el ejemplar por un ángulo y lo levanta frente a sus ojos, que miran fijamente.
─¡Eso es! ─se golpea la calva sonoramente─. ¡IVAD, IVAD! ¡Eso es! ¡Es una empresa gobiernera! ¿Quien le cree? ¿Por qué le creí yo, caramba? ¿Por qué preocuparse? “Instituto Venezolano ─deletrea─ de Análisis de Datos”. ¡Ja, ja, ja! ¿Cómo voy a estar yo por debajo en las encuestas! ¡Qué bobo he sido!
El alcalde sonríe nuevamente, como cuando estaba en la fría Europa y sentía los rayos del sol sobre su cabeza, tan dulcemente cálidos. Se levanta con decisión, yergue el pecho, se anuda la corbata y se dirige al espejo de la esquina. Su rostro irradia luz, pareciendo literalmente un sol con unos cuantos rayitos de pelos. Se dirige al escritorio por enésima vez y telefonea a su asistente, a quien le espeta:
─Comuníqueme urgentemente con las encuestadoras Hinterlace y Keller y Asociados.
Después se queda en el silencio de su despacho, mirando el suelo, dueño de una sonrisa congelada. Tan absorto está que no nota sus gafas desencajadas.
”Estas sí que son encuestadoras nuestras, verídicas y patriotas ─piensa Ledezma─. ¡Ya verán esos ricachones hijos de puta, recontra malagradecidos! Las contrataré y volveré a los primeros lugares, que es adonde pertenezco”
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miércoles, 12 de agosto de 2009
Ese día en Las Mercedes había frío. Era viernes, y el embotamiento matutino ya prometía un contraste severo con lo que sería la tarde caraqueña, y aun más la noche, dada al relajo y la celebración del término de la semana laboral de muchos.
Pero el Alcalde Metropolitano no estaba para parrandas durante esos días, cuando la comunidad internacional (hasta ahora el único argumento poderoso en la lucha contra Chávez) se había volcado con todos sus medios de comunicación hacia Honduras, donde ─en su criterio─ se había dado un “vacío de poder” disfrazado de golpe de Estado.
Ni siquiera porque era viernes, día de fiesta semanal, él declinaba en su afán de luchar por la libertad de Venezuela. En otros momentos, cuando la brega le daba un respiro, se iba a la isla de Margarita, donde gobierna un viejo amigo de partido, a solear un poco su espalda blanquecina y a liquidar otro tanto el estrés de trabajo tan heroico. Pero en esos días que el país casi había sido sometido al anonimato comunicacional, no podía darse el descuido que el mundo se figurase a una Venezuela sin cabeza opositora.
“─De ningún modo, nada de eso ─se decía con toda seriedad, no pudiendo luego contener una sonrisilla al imaginarse la planicie de su calva cabeza-: para cabeza brillante, la mía”.
Vería a los borrachos y a la gente feliz desde su colchoneta extendida sobre el suelo, pero de que haría una huelga de hambre por una patria libre en Venezuela no tenía la menor duda. Se lo había dicho el gordo Alcalay, ese viejo amigo embajador de la Cuarta República, conocedor del coeficiente intelectual internacional:
─Ledezma, la vaina está jodida. El hombre está empepado con Honduras, y esa vaina nos afecta a todos: a tí, a mí, a tu imagen de futuro presidente de Venezuela. La oposición está muerta, como si no existiéramos. El hijo de puta de Zelaya nos liquida y se traga todo como un agujero negro, y es una verdad de aquí a Cuba que quien determina en gran medida la atención de los medios es Hugo Chávez ─¡hombre, no nos mintamos!─, y caso es que el hombre lo que hace es mandar y mandar los ojos para Honduras.
─Gran verdad ─había empezado a reconocer Ledezma, pero el ex embajador del pasado no lo dejó terminar─:
─Hay que llamar la atención nuevamente, Toño, a cualquier precio. Buscarle pendencias con la oposición, sacarle la madre nuevamente, si es posible, como hizo aquel masista estupendo… ¡Cualquier cosa que haga que nos mire, que vuelva la atención a nosotros, que vuelva a la patria, como decía aquel viejo poeta de Catia, allá en Pérez Bonalde. Esa huelga que a tí se te ocurrió, ya la tenía yo en mente desde que explotó el vacío de poder en Honduras. Y me dije “Verga, nos jodimos, la oposición venezolana tendrá un receso”. Pero, Antonio, aquí estamos para echar mentes juntos: haz tú tu huelga frente a la OEA ─es una idea genial para llamar la atención─, mientras seguimos pariendo ideas para hacerte una imagen de presidente para el 2.012. ¡Mejoran las cosas! Y acuérdate que tiene que ser indefinida, Ledezma, huelga indefinida, o al menos así anunciada, si es posible agregándole “hasta que se vaya el tirano”.
Ledezma no pudo evitar sonreír nuevamente al ver la exaltación de su amigo, aquel funcionario que había vivido la mayor parte de su vida fuera del país, actual Coordinador de Asuntos Internacionales de la Alcaldía Mayor: al menos tenía otra opción entre manos, muy distinta al fiasco de pasar el día encerrado en su gabinete de burgomaestre sin hacer nada, mirando moscas y ventanas, recibiendo a chusmas que ningún crédito político le retribuían. Lo suyo era la política de alto nivel, la publicidad, los medios de comunicación (actualmente secuestrado por el tirano en Honduras), su imagen de futuro candidato y presidente de Venezuela. Nada le importaba que un señor mayor de la izquierda (José Vicente Rangel) insinuara por ahí que él era "capaz de dejar que lo fusilen si cuenta con un buen número de espectadores". Había que llamar la atención. Haría su huelga de hambre. La política es la política, y resalta y va de candidato para algo quien llama la atención. Y ese era él, el hombre estrella opositor.
─Y luego te vas a Washington ─proseguió el gordo ex embajador─, donde tengo muchos amigos, para que completes el tortazo de un escándalo internacional. Y mientras Chávez se vuelve a meter con la oposición, y los medios regresan, nosotros ciertamente ya estaremos en los EEUU, la patria grande, orquestando un ataque final sobre ese rolitranco de pendejo. Míralo así: gobernadores y alcaldes de la oposición que no gobiernan, porque no nos dejan; Chávez invadiendo a Colombia y Honduras, exportando su revolución, y, de paso, lo de costumbre, tratando de acallar a los medios. Los gringos se arrecharán, te lo aseguro, Toñito, y mis amigos harán que los EEUU preparen una invasión. Y de paso, para más peso, te vas con los otros gobernantes de la oposición, Pérez Vivas, Pablo Pérez…
─Tranquilo, Milos ─le tuvo que atajar Ledezma─. Calma, compañero. Se supone que el de las ideas soy yo ─poniéndole rostro de recriminación─. La idea de la huelga es mía, hermano, no tuya ─le dice sin ninguna piedad, algo ansioso por apagar aquella gruesa exultación de amigo, quien ya parecía celebrar la caída del tirano─. Debemos procurar realismo; ¿qué te ocurre? No ha caído en diez años y ya tu lo tumbas con una reunión ─le dice con severidad, aunque en el acto se retrotrae cuando mira aquel rostro demudarse hacía una mísera expresión de desencanto─. Así nos engañamos. Sin embargo, debo reconocer que lo de Washington es magnífico…
Milos había bajado el rostro ─recuerda Ledezma─, dejando que unas obesas gotas de sudor le chorreasen desde la frente. Su bigote rubio temblaba, como si hablara a solas, y se había puesto, como en un gesto incontrolado, a frotar el suelo con sus zapatos de cuero negro. Su corbata colgaba con una curva sobre su barriga…
Era jueves, un día antes de la ejecución de su nuevo plan. Había llamado al antiguo diplomático para consultarle sobre la posibilidad de su decisión de huelga ante la OEA y pedirle además asesoría respecto de cómo proceder ante el Secretario General, José Miguel Insulza. Algo molesto consigo mismo, puso su mano sobre el hombro de su asistente e hizo un esfuerzo de humor para contentarle.
─¡Piano, piano, compañero! Ni siquiera sé si sobreviré a la huelga de hambre indefinida, mi amigo, como tu la llamas.
Milos continuaba cabizbajo.
─Tus ideas son buenas y las agradezco, Milito… ─silencio─. ¡Serás mi canciller cuando sea presidente!
Entonces el Coordinador de Asuntos Internacionales levanta el rostro y ambos rompen a reír durante un rato.
En fin ─termina de recordar el Alcalde─, ese día de la huelga era viernes, hacía frío en la mañana baruteña (aquellas montañas y su vegetación hacían su trabajo) y ya había muchos curiosos preguntándose para qué servirían las colchonetas y almohadas que llevaban debajo de los brazos. No deja pasar que le provocaba arengarlos para decirle “Son implementos de lucha para una nueva Venezuela. ¡Únanse!”
Ledezma mira el rostro de los gobernadores del Táchira y Zulia, quienes le acompañan en su gira por los EEUU, y quienes rieron bastante con el cuento del embajador Alcalay. Les dice no le resultará fácil olvidar ese día, sobremanera el edificio Arpicenter, sede de la OEA, el cual le pareció fastuoso (como le parece a un adeco toda sede de un poder. Miraflores es una pesadilla que lo acosa) y una casi dulce herramienta de combate, dado que los medios de comunicación habían vuelto a pararle atención.
Sólo un detalle le molestó durante sus heroicos tres días de lucha, y así se lo refiere a sus correligionarios, apretándose fuertemente la chaqueta, porque en EEUU sí que hace frío del bueno: una defensora de los derechos de los animales le hizo muecas constantemente moviendo un perro de mascota entre sus manos, sin que él pudiera comprender nada.
─Cosas que le pasan a los gobernantes ─les dice a sus compañeros de viaje─, gajes de la grandeza.
Y todos vuelven a entonar sus risas.
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