miércoles, 24 de febrero de 2010
Falcón sospechaba que su protagonismo y ascenso al poder estaría entorpecido por el Presidente de la República, Hugo Chávez. Lo sentía como una verdad que le hacía tragar grueso desde un principio, porque ese hombre se la pasaba siempre pidiendo disciplina en la filas del partido, y eso no significaba para él más que opacar su brillo como trepidante figura política para Venezuela. Le pedía obedecer, cuando él había nacido para mandar, o gobernar y ser obedecido, para ser más sincero.
”¡Sí, señor! ─repicaba en sus pensamientos, mirando por encima de la talanquera─: al cura lo que es de la iglesia. Yo soy.”
De pequeño nunca obedeció a nadie como para que viniesen ahora a darle charlas y más militarismo. ¡No, no! Siempre fue muy independiente, se hizo abogado y, también ─a propósito de recibir órdenes─, se internó en el mundo militar donde, si obedeció un tiempo, fue para empezar a mandar hoy. Así que sobrados títulos tenia para regentar a Venezuela, más allá de ser un minúsculo alcalde o un sumiso gobernador de la Revolución Bolivariana.
“¡Si, señor! ─tocándose el ralo bigote─. En eso estoy sumamente claro... ¡Y también el pueblo...! ─se descubre hablando alto─. Me refiero a que soy un hombre para mandar y arreglar países. ¡Nada de órdenes de nadie! Yo soy.”
Falcón acercó un poco más su cuerpo a la talanquera y acto seguido se puso a mirar la simetría de unos sembradíos al pie de una montaña que siempre gustó mirar desde su infancia. ¡Ah, cuantos cuentos de grandeza humana! “Si esa montaña no viene a mí ─pensaba─, yo iré por ella. El mundo está allí, siempre después de cualquier salto o ruptura. Es para los audaces. Mi pueblo me espera.”
Saltaría, sin duda, dejando atrás un veloz capítulo político en su vida, marcado por aprendizajes y necesarias sumisiones, transido por unos de los más tensos períodos políticos de la historia de Venezuela. Diría adiós a sus antiguos camaradas, esos mismos que presuntamente una vez lo habían expulsado del partido por indisciplinado. ¡Por dios, ¿normarlo a él?! Además, pensaba en su tierra, Yaracuy, pueblo de grandes, como Rafael Caldera. Su vida estaba marcada.
Renunciaría a su partido.
Se figuraba que lo acusarían de todo, de traidor, de vendido, de cortejado por los sectores económicos de la patria; pero el tenía que cumplir su cometido: ser él, independizarse como siempre había sido la historia de su vida, gobernar la patria de Bolívar, sino el mundo entero. Pero arrancarse habría de ser su lema, y dar pasos libres en el viento. Se lo había dicho una vieja sabia de pueblo en su infancia, después que él le hubiera dado unas cuantas monedas: “Serás un hombre grande, hijo”
“¡Cuerda de patanes y estúpidos! ─irguiéndose ante el panorama, como si se contemplara en un espejo!─. ¡Cómo si yo necesité de ellos para repetir como alcalde en mi municipio! ¡Me ama la gente que votó por mí! ─en este punto se acaricia el mentón─. ¡Cómo si no conociese yo esta revolución desde un principio, ayudando a su líder designado desde las primeras de cambio, ése que ahora es presidente y ahora no me deja hablar con él! ¡Soy también historia viva del país y sé de mi suerte echada! Ha llegado el momento de cobrar y hacer patria.”
Del tal forma sentía que no le debía nada a nadie, mucho menos a ningún partido que, por el contrario, lo que hacía era agobiarlo con normativas y mandaderas. ¡Y a él no, hombre libre de la patria de Bolívar! Listo como estaba para ejercer sus históricos roles, no creía ya ─eso fue en sus inicios─ en esas maricadas de la disciplina y la subordinación. Cuento de camino eso del “partido primero y después los individualismos”. No pide jamás un sol permiso a la luna para iluminar la vida.
Falcón acercó la silla de madera a la talanquera, disponiéndose a subir en ella para ayudarse en el salto. Pero un moscardón molesto empezó a rondarle el pensamiento allá en su cabeza: 72% de los votos totales obtenidos le había dejado en su última victoria electoral como gobernador del estado Lara el partido al cual hoy renunciaría, cifra que un sesudo analista podría argüir en su contra como sostenible individualidad política.
Pero se tranquilizó recordándose que, si de pertenecer a un partido se trata, él ya tenía el suyo propio, Revolución Eficiente, en el estado Lara. No había desazón que valiese en hora tan primordial. Lo único que le palpitaba un poco en la sien era cómo conjurar políticamente los apoyos iniciáticos recibidos por el líder bolivariano, Presidente de la República, Hugo Chávez, cosa ésta que lo jalonaba un poco hacia una orilla cenagosa de la lealtad traicionada. Pero ya se las arreglaría él, como buen político que era; puede que el presidente hasta le agradezca que lo desaloje del poder en el futuro, en bien de Venezuela. Los destinos están escritos y no piden permisos para su consumación. Había nacido para lo grande..., y eso no tenía vuelta de retorno.
Montado ya sobre la talanquera, Falcón camina un rato sobre su canto, haciendo algunos malabares de puro gusto; finalmente, salta, pensando que ya parecía tarde para andar reflexionando menudencias. Su salto (o caída) ─se dijo─ estaba echado, y fue acompañado en el trayecto por el hermoso paisaje de sus tierras juveniles larenses (parecidas a las de su Nirgua natal, en Yaracuy), los verdes pastos y las altas montañas, como en medio de un efecto de gloria.
Sólo un pensamiento más lo aquejó en la travesía, pero irremediable ya en su consumación: estaba seguro que le sacarían en cara que desde un principio fue un excelente alumno de un tal Miquelena (una mentada ambigüedad de la política trapacera), allá en el pasado cuando se inscribió en el partido, y eso no le gustaba mucho en su futuro expediente político de presidente de Venezuela, porque lo jalonaba otro poquín hacia esa icónica simbología de la oposición que pareció siempre ejercer dentro de los cuadros del partido.
Mas ¡a qué pensar en ello! Él había nacido para lo grande y para la gloría, ─se acordó de Bolívar y Simón Rodríguez─, y lo único que le restaba era conquistar el mundo. ¡A qué obedecer a nadie ni que partido!
Etiquetas: Disidencia política, Henri-Falcón
martes, 20 de octubre de 2009
Antonio Ledezma, Alcalde Metropolitano, ha entrado en pánico. Está revisando los reportes de las encuestadoras y no lo puede creer: el israelí-venezolano, Enrique Capriles Radonski, gobernador del Estado Miranda, “emerge” como el candidato de mayor realce para enfrentar a Chávez en un careo electoral.
─¡Es insólito! ─exclama, pasándose la mano por la calva y uniformando su graso brillo hacia el centro de la cabeza─. ¡Este mundo no tiene arreglo, de tan ingrato que es!
Se dirige hacia la ventana y empieza a mirar la gente que camina en la plaza y las verdes colinas de la ciudad. Es un día caluroso allá afuera, hasta rabioso, en nada parecido al frío ambiente de su oficina, que le hiela los huesos. Regresa nuevamente al centro de la estancia, abrazándose a sí mismo, pero se va de nuevo hasta la ventana… y mira…, y mira… Está furioso.
─¡No jodan: no soy alcalde desde ahora, sino de siempre! Yo les arregle la ciudad a todos y goberné para los hijos de sus madres que ahora me pagan prefiriendo para candidato presidencial a tan idiota criatura, que ni siquiera es venezolana! ¡Porque eso sí, soy venezolano únicamente, sin dobleces de ningún tipo, y si él es “Capriles”, yo también soy uno! ¡A mi no, carajo!
Nuevamente se sienta, haciendo el mohín de alguien que se sabe importante, arreglándose la corbata, con el sumo cuidado de quien se consiente, de quien mide hasta el tiempo que tarda cada uno de sus movimientos. Acerca el vaso con agua que tiene al frente, moja sus labios y respira hondo…, pero no lo soporta, no se puede contener, no le cabe en la cabeza el cuento ése de los tibetanos que se la pasan relajados así revienten con toda la presión del tan cruel mundo. Va otra vez hasta la ventana.
─¿Es arrecho, no? Grandes han sido mis luchas… Limpié las universidades ─con la Policía Metropolitana de antes─ de tanto podrido comunista que amenazaba la democracia…, aunque no me di a basto para todos y algunos se salvaron… (los que hoy están en el gobierno). Puse mi grano de arena para tumbar al tirano en el 2.002… Vencí limpiamente a mi enemigo “socialista” para el cargo que hoy ocupo. Hice huelga de hambre… Viajé…, acabo de viajar por el mundo, buscando ayuda para Venezuela… ¡Y ahora esto! ¡No me jodan, pedazos de basura política! ¡Yo sé que se trata del maldito dinero; eso es! ¡El sionista y sucio dinero!
Al regresar, pega un golpe sobre la mesa de fina madera, tumbando el vaso, el cual se derrama y empieza a humedecer el periódico, la nota de prensa que leía.
Ledezma se inclina, mirando el fenómeno con una repentina y rara fruición: la mancha se extiende lentamente, apoderándose del papel periódico, oscureciendo como una noche gris aquel mundo de numerosas letrillas. Nota embobado cómo la humedad se come la noticia que le atribuye un 68,4% de aprobación al gobernador “enemigo” (aunque del mismo bando) y se apresura a salvar la página cuando el agua se acerca a unas notorias siglas que rezan “IVAD”. Toma el ejemplar por un ángulo y lo levanta frente a sus ojos, que miran fijamente.
─¡Eso es! ─se golpea la calva sonoramente─. ¡IVAD, IVAD! ¡Eso es! ¡Es una empresa gobiernera! ¿Quien le cree? ¿Por qué le creí yo, caramba? ¿Por qué preocuparse? “Instituto Venezolano ─deletrea─ de Análisis de Datos”. ¡Ja, ja, ja! ¿Cómo voy a estar yo por debajo en las encuestas! ¡Qué bobo he sido!
El alcalde sonríe nuevamente, como cuando estaba en la fría Europa y sentía los rayos del sol sobre su cabeza, tan dulcemente cálidos. Se levanta con decisión, yergue el pecho, se anuda la corbata y se dirige al espejo de la esquina. Su rostro irradia luz, pareciendo literalmente un sol con unos cuantos rayitos de pelos. Se dirige al escritorio por enésima vez y telefonea a su asistente, a quien le espeta:
─Comuníqueme urgentemente con las encuestadoras Hinterlace y Keller y Asociados.
Después se queda en el silencio de su despacho, mirando el suelo, dueño de una sonrisa congelada. Tan absorto está que no nota sus gafas desencajadas.
”Estas sí que son encuestadoras nuestras, verídicas y patriotas ─piensa Ledezma─. ¡Ya verán esos ricachones hijos de puta, recontra malagradecidos! Las contrataré y volveré a los primeros lugares, que es adonde pertenezco”
Etiquetas: Antonio-Ledezma, Encuestas
